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Los Ovnis de Tampico-Madero.

La región en que se ubica el puerto de Tampico y Ciudad Madero, es la zona conocida como la “Faja de Oro”, gracias a que en toda la costa del Golfo de México se pueden encontrar ricos mantos de oro negro (petróleo). Según los expertos, esta costa que tiene una meseta continental, no es propicia para la pesca mayor ni para establecer puertos de altura. De manera que los que existen, son producto del sistema de ingeniería moderna y el dragado que permite la tecnología marítima moderna.

Por ubicarse estos puertos en la zona norte de México, retoma importancia el comercio y los embarques marítimos debido a la cercanía con los Estados Unidos de Norteamérica. Por unirse el Golfo de México con el Océano Atlántico, el comercio puede fluir hacia Europa, en donde se encuentran los países más ricos del mundo y las potencias militares más fuertes e industriosas. Tampico y Madero adquieren por ello una importancia que rebasa las fronteras de México y trasciende hacia el plano internacional, de ahí la importancia que tiene para muchos, estas dos ciudades.

Antecedente histórico.
Pero esta ubicación también tiene sus inconvenientes gracias a su posición geográfica, que expone a esta zona conurbada a los embates de ciclones, que año tras año golpean las costas de esta zona. En 1897 Tampico fue azotado por fuertes vientos huracanados que destruyeron muchas viviendas, y que provocó inundaciones extensas en las zonas bajas de esta ciudad. Situación similar han vivido los habitantes de este puerto, durante el siglo XX y más notablemente en 1933 y 1955.

En agosto de 1955, pasó de una agobiante sequía a la inclemencia de intensas lluvias que generaron una de las más grandes inundaciones. La situación empeoró con la presencia del huracán “Gladis”, que el 3 de septiembre de ese mismo año provocó copiosas tormentas, convirtiendo la ciudad en un caos. Días después los habitantes del puerto se volvieron a alarmar ante la amenaza de otro ciclón que azotó con furia esta zona, provocando una situación grave. Este ciclón bautizado con el nombre de “Hilda”, que el 19 de septiembre azotó esta zona con fuertes y veloces vientos que derribaron árboles y postes de alambrado público, etc. Al día siguiente la ciudad amaneció con las calles del centro totalmente inundadas sin energía eléctrica, ni agua potable, ni servicio telefónico. Este huracán penetró en tierra a más de 400 Kilómetros por hora.

Se estaban reparando los daños materiales y los servicios públicos de Tampico y Madero, cuando los medios de información dieron otra terrible noticia: “En el Mar Caribe se estaba formando otro ciclón de nombre “Janet”. Éste azotó las costas de Yucatán y se dirigió al puerto de Tampico. El nivel del Río Panuco subió veinte metros, se inundaron las colonias El Cascajal, Isleta y las zonas bajas de Ciudad Madero. El diámetro de este huracán llegó a extenderse aproximadamente 600 kilómetros.

Durante los últimos 50 años en Tamaulipas los huracanes no sólo se incrementaron, sino que en promedio, siete de los que se registran anualmente se ubican en categoría cinco. En 1967, arribó a Tamaulipas el huracán Viula, el cual impactó a Tamaulipas y parte de Estados Unidos. El huracán Camille fue el más intenso de 1969, hasta que Allen igualó dicho registro en 1980. La ciudad de Tampico no se vio afectada al igual que Cd. Madero, y la gente de este lugar le dio gracias a Dios por esta salvación, aunque desde ese día algunos porteños empezaron a darle el crédito de estos milagritos a alguien más.

Esta costumbre es prehispánica: acreditarles a los dioses el amparo recibido. Con los españoles la costumbre no cambió mucho y se les acreditaron los prodigios a los santos patronos. Así que no fue Dios el que salvó a Tampico y Madero. ¿Entonces quién fue? El huracán Gilberto daría la pauta para identificar a quienes cuidan a esta región. Gilberto se formó el 8 de septiembre de 1988. Se movió y se intensificó pasando a categoría de tormenta tropical. El 9 de septiembre recibió su nombre y avanzó hasta convertirse en huracán, categoría 3.

El 14 de septiembre tocó tierra en Yucatán y se mantuvo hasta impactar en La Pesca, Tamaulipas el 17 de septiembre; provocando inundaciones como lo hizo en la ciudad de Monterrey; en donde el ojo pasó casi por encima de esta ciudad, provocando 29 tornados en Texas. Tampico se salvó de milagro. Muchas personas en Tampico y Madero tomaron en serio la idea de que Tampico, Madero y Altamira, estaban protegidos por los ovnis. Hay quienes tratan este asunto como un simple rumor. El 27 de octubre del año 2008, una maestra y sus alumnos avistaron tres objetos extraños, parecidos a los famosos platillos voladores que Mausan observa en sus reportajes. Los tamaulipecos encontraron nuevos patronos a quienes acreditarles que esta región no sea azotada por lo huracanes.

Los amigos.
Carlos y José, son dos jóvenes que estudiaban en la escuela secundaria José María Morelos y Pavón, en el puerto de Tampico. Estos adolescentes estaban inscritos en tercer año, grupo A, y es ahí donde principia nuestra historia. Corría el mes de septiembre de 1994, la temporada de huracanes comenzaba y había zozobra en la ciudad.

El maestro de Ciencias Sociales advertía al grupo de los peligros que genera un huracán, y les informaba de algunas reglas de seguridad que era necesario tomar, para resguardar lo mejor posible las casas y a las personas que estaban en las partes bajas de la ciudad. Alguien dijo entre las filas del salón de clase: “No tenemos por qué preocuparnos, no nos va a pasar nada, los ovnis nos van a proteger”. Todos quedaron en silencio, y el maestro asombrado por aquella interrupción, preguntó: ¿Quién dijo eso?, dirigiéndose hacia el lugar en que se había escuchado la voz burlona. Todos volvieron a quedar en silencio mientras el maestro volvía a preguntar: ¿Quién dijo eso?

Todos los alumnos quedaron en silencio, hasta que uno de los alumnos, tomando valor, dijo con cierta timidez: -“Fue Elías, maestro”. Dirigiéndose el docente hacia el interfecto pregunto: -¿De dónde sacaste esa idea?, -“dice mi abuelo” -contesto Elías-, -“que los ovnis tienen una base frente a Madero, que ellos nos están cuidando y desvían a los huracanes para que azoten en Estados Unidos”. -“Ese es un rumor que no debe ser tomado con seriedad”, -dijo el docente-. -“Nosotros debemos de basarnos en la ciencia y no en las especulaciones de la gente”. -“Mi abuelo sí estudió”, increpó Elías y luego dijo: “El lee mucho y sabe muchas cosas”. El docente regresó la mirada al estudiante rezongón y dijo: -“Eso no garantiza que tu abuelo esté diciendo la verdad”.

Elías y el profesor cruzaron la mirada y entonces prosiguió la clase. Todos callaron y nadie volvió a contradecir al maestro, pero la duda quedó sembrada en dos pícaros alumnos, Carlos y José. El primero de ellos vivía en Ciudad Madero, en la colonia Obrera, a un par de calles de la colonia Primero de Mayo. José vivía en la colonia Anáhuac, a la altura del cruce de las lanchas de Casa Blanca. Ambos se habían conocido en la escuela y desde los primeros días de clase se convirtieron en buenos amigos.

Estos muchachos se juntaban con Elías, Perlita y Cristina. Cuando salía de clases, maquinitas; que por ese tiempo estaba muy de moda y cerca de la escuela. El padre de José, se dedicaba a la pesca y captura del ostión, por lo que había comprado un par de lanchas para realizar su trabajo. José tuvo la ventaja de aprender parte del oficio, así que por las tardes Carlos y José recorrían el río Panuco, costeando la orilla veracruzana y la tamaulipeca. Ambos se sentían marineros y tenían el sueño de estudiar en la escuela Náutica, del puerto de Tampico.

Elías, Cristina y Perlita no los acompañaban a sus aventuras, pero participan con ellos en trabajos escolares y algunas de sus travesuras de chamacos, siempre y cuando no se alejaran mucho del centro comercial de Tampico. Además de que Perla era la novia de Carlos y Cristina la novia de José. Sólo Elías no tenía pareja, pero lo apreciaban. Un día en que Carlos y José salieron de la escuela, acompañaron a las novias hasta la parada del autobús. Se despidieron de ellas y se dirigieron hacia el cruce de Casa Blanca. Tenían el propósito de ir hasta la playa en una de las lanchas que tenía el papá de José.

Ambos soñaban con recorrer el mundo a través del mar. Cruzaron hasta el lado de la Anáhuac y bordearon el río, hasta llegar a casa de José. La madre de éste los recibió en la puerta y los invitó a comer, porque José tenía que arreglar algunas cosas para salir de pesca con el papá. Los chamacos hicieron todo con rapidez, querían sentirse libres y recorrer el río hasta la bocana. Carlos y José sabían nadar muy bien, lo que hasta cierta medida tranquilizaba a los padres de ambos, cuando los veían con la intención de introducirse al río.Carlos y José abordaron la lancha y se dirigieron rumbo a la bocana y a las escolleras, para aventurarse en las aguas del mar. Mientras avanzaban se encontraron un par de barcos camaroneros, los cuales les hicieron bailotear un poco, haciendo ver la lanchita como una cáscara de nuez. Como ya estaban acostumbrados a ese tipo de eventos no le dieron mucha importancia, y siguieron con el objetivo de llegar hasta la orilla del mar. A escasos 500 metros de la escollera se encontraron con un barco carguero, que media un poco más de 200 metros de eslora.

Carlos se paró en la lancha y José le dijo: -“siéntate que nos podemos voltear con el bamboleo que se va a hacer. Carlos se sentó y vio pasar aquella mole de acero entrando a puerto que los hacía ver tan diminutos. Los marineros de aquella nave pasaron sin percatarse de la pequeña embarcación que estaba pasando junto a ellos. Carlos y José llegaron hasta la parte en que el río y el mar se juntan. Ahí se sintió un extraño movimiento y la lanchita parecía hundirse. Superado el inconveniente entraron en el mar, lo que hizo que la embarcación se estabilizara de nuevo.

La luz extraña.
Las aguas estaban tranquilas y los jóvenes enfilaron la pequeña embarcación, hacia la izquierda, para ubicarse a la altura de la calle Obregón y refinería. De ahí se dirigieron mar adentro. Avanzaron lentamente y después de cinco minutos de navegación, perdieron de vista la costa, lo cual preocupó a Carlos, pues no traían instrumentos de navegación, sólo como dicen por ahí: “A ojo de buen cubero” regresarían de nuevo al camino del que se habían alejado y nada más. Repentinamente José apagó el motor y se lanzó al agua. Carlos lo siguió y comenzaron a zambullirse una y otra vez. Una de esas veces, José le dijo a Carlos: -“Mira lo que hallé, una luz muy clara y verde está debajo de nuestros pies”. Ambos se volvieron a zabullir y llegaron hasta donde pudieron aguantar la respiración. Vieron una luz un poco más intensa, como la que José acababa de ver.
José le hizo señas a Carlos de que salieran a la superficie y cuando llegaron a ella, José le dijo a Carlos: -¿Viste la luz que yo vi? -Si -dijo Carlos y añadió: -¿Qué será tú? -No sé -dijo José-, -¿no será el reflejo del sol sobre el agua? -¿Pero, por qué se ve verde y no del color del sol? -dijo Carlos. -Pues porque el agua se ve verde allá abajo, -dijo José-. -Puede que tengas razón, -dijo Carlos-, -sumerjámonos de nuevo y veamos qué es.
Se volvieron a zambullir con mayor aire en los pulmones, para ahondarse un poco más y ver si lograban descubrir de dónde venía la luz y qué era. Lo hicieron quizás hasta un poco más de los 20 metros, quizás un poco menos pero en fin, lograron ver un poco más clara a la luz, distinguiendo el fondo un poco mejor que la primera vez. Pusieron atención y vieron un círculo, como si fuera un reflector o algo así. Volvieron con rapidez a la superficie y ahí discutieron sobre lo que habían visto.

Treparon a la lancha justo en el momento en que otro barco camaronero se dirigía al puerto, así que no batallaron para llegar seguros al hogar de José. Mientras llegaban se preguntaban uno al otro: ¿Qué sería lo que vimos?, ¿De dónde vendría esa luz?, ¿Sería alguna tubería de Pemex, o sería una fuga de gas o algo así? No hallaron respuesta a sus dudas, pero quedaron en guardar silencio y volver al día siguiente con algunos pequeños tanques de oxígeno, para entrar hasta el fondo si era posible.

El susto de su vida
Al día siguiente asistieron a clases, dejaron a las novias de nuevo en la parada acostumbrada y se dirigieron presurosos a la casa de José. Sus corazones aventureros latían fuertemente, por la emoción que les provocaba la aventura que estaba por iniciar de nuevo. Salieron al mar como lo habían hecho el día anterior, se posicionaron misma a la altura y se adentraron al mar. Calcularon el tiempo y luego se fueron despacio buscando en el fondo la luz que habían visto el día anterior.

Ya casi perdían la esperanza de hallar lo que buscaban, cuando Carlos gritó: -¡Mírala, ahí está de nuevo, qué bonita se ve la luz! José apagó el motor, soltó una especie de ancla y ambos se pusieron los pequeños tanques de oxígeno y se lanzaron al mar. Avanzaron hacia abajo, no supieron cuántos metros, pero casi tocaron fondo. Era una especie de montículo arenoso y sobre él estaba una especie de alcantarilla o claraboya, como cristalina vidriosa, con un posible diámetro de algunos 10 metros circulares, tal vez del tamaño de una pieza de casa. Parecía dura como una roca, cristalina, aparentemente transparente, pero no se veía hacia el interior o lo que estaba detrás de ella, o como quien, dice por debajo. Pasaron unos minutos observando, pero al no ver algo más, dieron por concluida la aventura y volvieron a la superficie.

La suerte estaba con ellos porque nuevamente venía otro barco camaronero, que se dirigía al puerto y lo siguieron de nuevo. A nadie le contaron lo que habían encontrado, y a la semana siguiente volvieron a realizar la misma empresa, hasta que vieron aquello como algo natural y confiable. En una de las visitas a ese lugar, Carlos y José habían hasta jugado alrededor de la escotilla y nada había sucedido. Los avistamientos de ovnis estaban a la orden del día y en varias colonias de Tampico y Ciudad Madero. Las personas hablaban de ellos. Más aún la gente que vivía cerca de Las Escolleras, decía haber visto extraños objetos durante el día, y por la noche luces multicolores. Carlos y José escucharon los comentarios en la escuela y en sus casas, pero nada dijeron al respecto; sólo permanecían callados, como ignorando los acontecimientos.

Pero el lunes de la sexta semana, se pusieron de acuerdo para ir de nuevo a ese lugar misterioso. Llegaron, anclaron la lancha, se pusieron sus tanques de oxígeno y se lanzaron al mar. Descendieron hasta una profundidad prudente en espera de acostumbrarse a la presión que ejercía sobre ese descenso. Luego procedieron a bajar hasta ver con toda claridad la luz de la escotilla. Pero esta vez, el lugar les tenía reservada una sorpresa.
Llegaron hasta el fondo, lo más cerca de lo que se podía a la escotilla, justo en el momento en que la arena se empezó a sacudir. Primero con suavidad, pero luego con violencia. Carlos y José se paralizaron de miedo porque nunca se hubieran imaginado que eso podría suceder y luego de reponerse se lanzaron con rapidez a la superficie, subieron a la lancha de prisa, y sin más preámbulo José echó a andar el motor poniendo distancia así entre aquel lugar y ellos.

La lancha arrancó a toda velocidad, en el momento en que de entre el agua surgía una especie de nave en forma de disco; la cual se elevó hacia el cielo en forma perpendicular con rumbo al oriente, mientras ellos iban a toda velocidad hacia el lado contrario. José y Carlos vieron con asombro aquella silueta color gris que despunto en el horizonte, hasta desaparecer en breves segundos.

Los muchachos hicieron el recorrido a toda velocidad sin volver a voltear, y llegaron a la casa de José, callados y espantados. La familia y amigos que estaban reunidos ahí, notaron en el rostro de los recién llegados el semblante que denotaba miedo, así que comenzaron a interrogar a los dos muchachos. Después de un par de evasivas, ellos contaron lo sucedido a los presentes, que los escucharon con asombro. Primero por el atrevimiento de incursionar en el mar y luego por los objetos extraños que habían descubierto.

Después de escuchar la narración, los padres de José los regañaron por el atrevimiento de hacerse a la mar sin el consentimiento de ellos y luego por no haber dicho nada del hallazgo que habían logrado. Pero una hora después, amigos y vecinos seguían a Carlos y a José por la ruta que habían seguido para llegar al encuentro de aquella cosa extraña y corroborar la historia que contaron los muchachos.

Seis lanchas se adentraron hasta el lugar en donde se suponía encontrarían aquella extraña escotilla. La gente que acompañó a los aventureros era experta en asuntos de mar, por lo que al no lograr descubrir algo de lo que escucharon en labios de los muchachos, decidieron hacer recorridos escalonados en el área indicada. Una hora después, cansados y casi en tinieblas, las seis lanchas regresaron al embarcadero mientras el papá de José regañaba a los muchachos por la broma que le habían jugado. Era evidente que no le iban a creer y así fue.

Cuando todos los vecinos se alejaron del lugar, en el fondo del mar se sacudió la arena y volvió a surgir la luz que no lograron distinguir los curiosos. Estaba oculta entre la arena, para no delatar aquella presencia y en un extraño lenguaje, se lanzó desde ahí un mensaje a cierta nave que venía entrando a la atmósfera: “Intrusos fuera, pueden llegar con toda confianza, los humanos ya se alejaron y quizás no vuelvan por aquí, base segura de nueva cuenta”. Comandante Galaxmec

Al día siguiente, Carlos y José eran acusados de mentirosos en la escuela y en sus casas y por consecuencia les hacían bromas de mal gusto.

Sueño de Amor.

Carlos fue un niño talentoso, lleno de ilusiones y que se creía digno de merecer todo lo bueno que ofrece la vida. En su mente forjaba día a día la imagen de una mujer perfecta, hasta que se volvió exigente con todas las mujeres que se le acercaban y al entrar a la juventud sus sueños y esfuerzos se concentraron en encontrar divinidad y no a una mujer. Hasta que un día terminó envuelto en el cielo de la ilusión.

Carlos flotaba en el aire, caminando sobre las nubes, gozando de la posible aparición del ángel que su mente había forjado. Un buen día su sueño se hizo realidad, porque apareció ante sus ojos una linda princesa, de ojos muy vivos, de labios carmesí, blanca como la nieve, dulce como la miel y linda como una flor. Su carácter era dócil, de buena figura, como el de una diosa y culta como pocas. Al mirarla por primera vez, Carlos quedó prendado, se le acercó y ella le extendió su mano y juntos comenzaron a recorrer una buena parte de aquel gran paraíso, de la constelación divina con la que Carlos había soñado.

Entre nubes y estrellas, Carlos y ella jugueteaban a toda hora, así como él lo había soñado. Carlos se forjó muchas ilusiones para formar una vida con aquella celestial revelación, y aprovechaba toda clase de alegrías que eso le brindaba. Pero como todo ser humano, Carlos a veces tenía sus malos ratos y muy feo carácter, el cual desataba fuertes vientos de ira, explotando hasta crear una atmósfera insoportable. Aquel ángel sabía sobrellevar esos momentos y con su dulce alegría hacía que aquello se borrara en un instante.

Pero todo lo que tiene un principio tiene un final, y cada uno de los momentos amargos tiene un límite que no se puede rebasar. Cuatro años después, en una de esas terribles crisis en las que Carlos caía, aquel lindo ángel desapareció; no era la primera vez que lo hacía en momentos como esos, pero esta vez se marcó una gran diferencia, porque ella no volvió a presentarse en la vida de Carlos, como en las ocasiones anteriores.
Carlos siguió en compás de espera creyendo que aquel ángel volvería, mientras se hundía entre sueños, nubes y viajes astrales, de los que se negaba a volver pata ubicarse en la realidad, por lo que jamás volvió a fijarse en otra mujer, quedándose sin casar por cerca de cinco años.

Un día un mortal amigo suyo, le dijo: -“Ya bájate de esa nube”, Carlos se detuvo a mirarlo, y le dijo: -No puedo porque estoy esperando a un ángel que de seguro ha de volver”. El recién llegado le preguntó -¿Para que esperas a ese ángel?- “Para casarme con él”, -respondió el ingenuo soñador-. Aquel mortal sólo dio una dura respuesta con sus palabras, lo que provocó que Carlos despertara: -¿Qué no sabes que los ángeles no se casan?

Se dice que a un sonámbulo no hay que despertarlo bruscamente y también se piensa lo mismo, si alguien trata de hacer que alguien vuelva de la mentira a la verdad, pues se corre el riesgo que esa brusquedad lleve al suicidio a quien despierta. A Carlos eso le pasó bajando vertiginosamente de las alturas donde se encontraba y estrellándose en la realidad, quedó boca arriba y con la mirada muy fija en el cielo. Lo ultimo que pudo ver fue una brillante luz, de la que emergió un ángel que al tomarle de la mano para levantarlo, le dijo: “Vamos Carlos, te están esperando allá arriba, ha llegado tu hora de rendir cuentas por lo que viviste”.

En el porche de su casa, una dulce y linda mujer dormía a su pequeñito en brazos y a veces miraba al cielo, recordando aquel amor que se vio destruido por el mal carácter, de quien pensaba tener derecho sólo a recibir amor, pero no a darlo. Las personas cuando están enamoradas, están dispuestas a cambiar, pero cuando lo que se siente es sólo deseo no están dispuestas a ello. Esta es la historia de un amor que pudo haber sido y tristemente no se realizó.

Los Apuros de Angelihel.

Angelihel es un ángel que ha tenido comisiones difíciles, como el tener que batallar con seres humanos de dura cabeza y de duro corazón. Alejandro, un seudoestudiante de la zona conurbada de Madero y Tampico, ha sido uno de esos casos con los que Angelihel ha tenido problemas.

Alejandro, era el mayor de cuatro hijos que procreó la señora Bertha Bueno Mujer piadosa y de muchas rogativas al ser divino, siempre preocupada por el bienestar de sus hijos, lo cual hizo que ella les diera una buena educación, con lo que ellos se labraron un oficio.

Contando del menor al mayor, doña Bertha Bueno tuvo a un varón llamado Alejandro, a quien Angelihel tendría que cuidar. Luego vino el segundo hijo llamado Mariano, que tuvo la suerte de contar con el guardián de la fe, el ángel Sebastián. Luego vino un tercer hijo, a quien pusieron el nombre de Roberto, él quedó a cargo de los cuidados divinos del ángel Benigno. Por último vino una niña, que llevaría por nombre Mariana, a la que el ángel Candor tuvo la suerte de cuidar.

Doña Bertha, en sus devociones, siempre tenía presente el bienestar de sus cuatro vástagos. Ella era una mujer devota, con una fe inquebrantable en la bondad divina, por lo que cada vez que uno de sus hijos salía para cumplir con sus obligaciones, recibía siempre la bendición de la progenitora ya que dicen que la bendición de una madre, siempre alcanza a cada hijo, cundo caminan por los senderos que decidieron transitar.

Mientras los cuatro hermanos planeaban la agenda del día, los cuatro angelitos tomaban sus propias previsiones, para cuidar como era debido a los mozuelos. Cuando los tres hijos menores de doña Bertha abandonaban la casa materna, para cumplir con sus tareas. Los tres angelitos que les cuidaban salían contentos a cumplir con su deber y regresar a casa contentos de haber cumplido con su grata encomienda.
Pero cuando salía Alejandro el hijo mayor, la preocupación de Angelihel se acrecentaba, hasta convertirse en alerta, por la forma de ser de este mozuelo, que presumía de galán y hombre de mucho mundo.

No era extraño ver que cuando Alejandro regresaba a su casa, llegara maliciosamente contento, mientras que su ángel entrara caminando medio encorvado y con las alas caídas por el tenaz esfuerzo que le propiciaba la tarea de cuidar un alma tan inquieta, como lo era Alejandro.

Los otros angelitos, compadecidos por las condiciones en que regresaba Angelihel, le preguntaban desconcertados: -¿Cómo te fue el día de hoy?, Angelihel les contestaba: -peor que en la vez anterior. En otras ocasiones Angelihel regresaba solo, porque Alejandro igual se metía a un tugurio que en una casa de mala muerte, y como Angelihel era un ángel puro no podía entrar a esos lugares, por lo que debía regresar a casa, pero con la preocupación por la seguridad de su encomendado.

Así pasaron dos años de luchas continuas en el correr infructuoso de la vida quijotesca de Alejandro; hasta que un buen día las cosas cambiaron repentinamente. Alejandro salió de su casa seguido por Angelihel. Llegaron al centro de Tampico y entraron en aquel lugar ya por demás conocido el tristemente famoso Triangulo. Mientras Alejandro caminaba por una de las aceras de dicho lugar, se encontró a un viejo amigo, quien lo invitó a entrar a un antro de mala muerte.

Con el viejo conocido de Alejandro, venía un ser espiritual, viejo conocido de Angelihel, que tenia por nombre “Demoniel” y que en otras ocasiones le había disputado a Angelihel, el alma de otras personas. Los tres entraron a dicho lugar, a pesar de que Angelihel tocó el hombro de Alejandro para que desistiera de dicha invitación, insistiéndole y hablándole al oído. De nada le valió el esfuerzo por aquella alma impía, porque el asunto ya estaba decidido.

Alejandro no tomó en cuenta la advertencia de Angelihel y de buena gana entró al centro de perdición, y como Angelihel no pudo entrar, y la sonrisa triunfal de Demoniel no se hizo esperar por el triunfo logrado. Entonces se dirigió al ángel guardián con estas palabras: “Otra alma más que se te va”, y como ese maligno ser sí podía entra a dicho lugar, siguió a los interfectos para perderlos en el malsano placer del sexo y el alcohol; mientras que a Angelihel no le quedó más remedio que esperar, a las puertas de aquel lugar.

Pasaron algunas horas y Angelihel esperaba en la acera de enfrente. De repente se cruzaba la calle para recargarse en el poste de luz que estaba al frente de aquel lugar, o regresaba a la acera del tugurio, para recargarse al lado de la puerta de entrada. Así pasaron las horas, hasta que repentinamente la gente salía dando voces de urgente sorpresa, algo había pasado y todos pedían auxilio. El ángel protector de Alejandro, se acercó a la puerta de entrada y entonces escuchó lo que había pasado.

-Un parroquiano -ha muerto, dijo la gente que salía de aquel lugar-. La ambulancia apareció, con su angustiante sonido. Los paramédicos se abrieron paso entre la gente que abarrotaba aquel lugar. Alejandro había muerto de tremenda congestión alcohólica, la bebida le había arrebatado la vida. Angelihel derrotado desapareció sin que nadie le tomara en cuenta su noble misión. ¿Por qué los hombres se dejan llevar por la sinrazón, a costa de su propia vida?

La razón ante el deber.

Angelioli fue enviado con una misión a la Tierra: salvaguardar la vida de Antonio, un joven maderense que gustaba de la velocidad, y que al subir a su coche deportivo se transformaba en lo que quería ser, un piloto suicida. El lugar en que vivía el susodicho piloto se encontraba muy cerquita del tecnológico de Madero.

Angelioli llegó a la casa marcada con el número 1100 de Pedro J. Méndez, cruz con Ramos Arizpe. Ahí habitaba la familia de Antonio, un joven estudiante que tenía un coche deportivo que había recibido de manos de su orgulloso padre, don Pomponio; hombre de muchas historias y exagerados recuerdos, que influyeron desde pequeño en el ánimo de su vástago, que todos los días escuchaba las supuestas hazañas de su padre y que alentaron su gusto por hacer rugir el motor de su coche.

Contaba don Pomponio, que en una ocasión en que la patrulla de tránsito lo seguía por el bulevar López Mateos, él aceleró su auto, el cual brincó el camellón a la altura de la báscula, dando un giro de 180 grados, con tal precisión, que había quedado en el sentido de circulación, regresando hacia el centro de Tampico para perder a la patrulla que le seguía. La gente no le creía, pero lo que les impresionaba era el alcance de sus mentiras y la imaginación con que las contaba.

Su hijo le admiraba, por lo que su sueño era imitar las hazañas de su padre. Angelioli se encontró en casa de los ya mencionados pilotos, con el ángel Angeliel que trataba de cuidar a don Pompinio y que por cierto ya estaba cansado de sus chiflasones del jefe de ese hogar.

Antonio salía todas las mañanas con rumbo a la Universidad particular en que estudiaba, por el rumbo de Infonavit Cañada, así que tomaba la ruta bulevar López Mateos. Luego tomaba la calle 10 y por último la avenida Universidad, en donde se daba el gusto de correr su coche a velocidades por encima de las permitidas.

Sus amigos le preguntaban “¿qué era lo que le permitía manejar con tal arrojo?”, y un día les contó su secreto: Un ángel lo cuidaba y siempre viajaba en el asiento trasero de su auto, para guiarle en su camino y evitar cualquier percance que pudiera tener, por su irresponsable actitud. Con tan excelente compañía, Antonio no podía temer en cada una de sus osadías.

Cierto día su amigo Efrén, quiso comprobar la teoría de Antonio y decidió acompañarlo con el afán de disfrutar de su arrojo. Efrén subió al coche de su amigo y cuando tomó el lugar del copiloto, Antonio le indico con el índice para que mirara por el retrovisor del auto, hacia el asiento trasero. Efrén se maravilló de ver a dos celestiales criaturas, Angelioli y Angeliel, que habían venido en su ayuda. Estaban sentados en el asiento trasero muy quietecitos y listos para auxiliar al protegido.

Antonio quiso probar su suerte ante su amigo y para ello recorrieron la avenida Tamaulipas, para enfilarse después por el corredor urbano y bajar por la desviación hacia la carretera Tampico-Altamira, a la altura de conocida universidad de la Sultana del Norte. Cuando subieron al desnivel, repentinamente Efrén gritó: “la curva”. Al entrar en ella, Antonio perdió el control y estrelló su auto contra un infortunado trailero que circulaba por aquel lugar.

Todo quedó en penumbras, hasta que los dos amigos reaccionaron porque ya estaban frente a San pedro, listos para entrar al lugar en donde descansan las almas. Fue entonces cuando Efrén dijo: “creo que estamos muertos” -No puede ser, -respondió Antonio. -Si los dos ángeles venían con nosotros para protegernos, ¿qué nos paso entonces? En ese momento llegaron los dos ángeles a la puerta del paraíso.

Antonio interrumpió el informe que los dos ángeles estaban dando a San Pedro, diciéndoles: -¿Qué paso muchachos, por qué estamos aquí? los dos seres celestiales lo miraron fijamente y dijeron: -No sabemos, porque nosotros nos bajamos antes de la curva.

Sueño Profundo.

Pedro es un trabajador de Pemex, un día de verano, decidió ir al mar a disipar el espíritu y se hizo acompañar por su familia y sus buenos vecinos y llegó a la playa de Miramar. Pedro llegó a la orilla del mar una de esas alegres tardes del mes de julio Su familia y amigos aventaron sus cosas sobre las sillas de una palapa y corrieron presurosos para chapotear en las cálidas aguas, mientras que Pedro tomaba asiento en una silla de playa, para disfrutar del panorama marino.

Todos se veían muy contentos. Los adolescentes comenzaron a jugar en el agua con una pelota, otros con algunos inflables, pero todos perdieron de vista a Pedro. Él se acomodó en su asiento y destapando una botella de esa bebida amarga de la que acostumbraba tomar, comenzó a disiparse ante la ficticia alegría del alcohol y entre trago y trago se fue relajando mientras su mirada se perdía en el fondo en que a la distancia, se puede distinguir la bruma y Las Escolleras.

Repentinamente vio en esa dirección una luz verdosa, se puso de pie y comenzó a caminar hacia ella como si ésta lo llamara o lo estuviese atrayendo, hasta que sin darse cuenta se fue alejando poco a poco del grupo. Luego de un centenar de metros, la luz se acrecentó a tal grado que cubrió el panorama que contemplaba Pedro. Su gente seguía jugando sin percibir que Pedro se alejaba del lugar. Sólo él estaba fascinado por la visión.

Pedro se detuvo repentinamente, mientras la luz se intensificó un poco más y de en medio de ella salieron dos personajes, con vestiduras de un brillo plateado y con unos cascos o gorras un poco extrañas. Algo nunca visto por Pedro. El personaje de la derecha extendió su brazo hacia Pedro, que estaba casi petrificado por la sorpresa de ese inusitado encuentro.

Sin saber cómo, Pedro se dejó llevar por aquellos seres que le preguntaron por su nombre. Antes de responder a la pregunta, Pedro sorprendido, pregunto: -¿Hablan mi idioma? El interlocutor respondió: -tenemos un decodificador que nos sirve para comunicarnos con los humanos. Fue entonces que Pedro notó que aquellos seres traían una especie de aparato sofisticado, que a manera de micrófono inalámbrico, les permitía comunicarse con él.

Pedro les dio su nombre mientras subía las escalinatas de lo que parecía una nave o platillo volador, como aquellos que había visto en las revistas. Cuando entraron a la nave, Pedro notó que ésta se dividía en tres círculos, que iban de afuera hacia el interior. El círculo que daba al exterior tenía un pasillo de aproximadamente tres metros cuadrados y dos puertas laterales, que comunicaban a ciertos recintos que Pedro no logró identificar.

Luego seguía un círculo que estaba franqueado por dos puertas semejantes a las anteriores. Pedro preguntó sobre aquellos compartimientos y sus nuevos amigos le dijeron que el primer círculo era una especie de bodega y que el segundo círculo aglutinaba cuartos de usos múltiples, como se les denominaría en la Tierra.

Cuando llegaron al final del pasillo entraron al círculo interior, en donde estaban los mandos e instrumentos de navegación. En medio de aquella sala se encontraba una especie de mesa circular que brillaba con cierta intensidad, y que por ello la sala no requería de otro tipo de iluminación. Pedro preguntó qué era ese aparato. Se le dijo que era el centro de energía; que la nave estaba construida con un metal que en español se llamaría metalium y que utilizaba un combustible que se llamaría plotulium.

El comandante le dio la bienvenida al visitante y los personajes dieron sus nombres. Galaxnec era el nombre del comandante. Elionex, era el segundo de a bordo y el que le había extendido a Pedro el brazo para que los acompañara; mientras que Nextorium, era el acompañante de Eliomnex, tercer maestro y encargado de los instrumentos de navegación. Cuatro seres más estaban frente a los controles de la nave y de ellos nada supo Pedro, sólo se le informó que eran algo así como militares aéreos.

Sobre las cabezas de todos había una pantalla circular, en donde se podía observar todo el exterior y permitía navegar sin dificultades de visión. Los instrumentos se parecían algo así como a los digitales que se construyen en la Tierra. y los indicadores de presión y velocidad, no eran muy distintos a los que el hombre ha creado. -La presión se mide como nubelium, -dijo el comandante a Pedro- -y la velocidad al doble de la luz se mide como Dinarium.

El comandante manipuló ciertos botones y palancas para que la nave despegara a alta velocidad; pero en el interior no se sintió por la presión energeluim, que dominaba al interior de la nave y que permite alcanzar grandes velocidades sin que los ocupantes lo resientan. Pedro preguntó por la ubicación de la base que tenía la nave en esa parte del espacio. Los seres extraterrestres le dijeron: ¿Quieres saber si es cierto que tenemos nuestra base enfrente de las escolleras, como dicen entre tu gente?, preguntó Eliomnex: -sólo te podemos decir que no andan tan errados en esas suposiciones.

El viaje provocó un estado anímico en Pedro… de placer, alegría y fuerza, que nunca mortal alguno ha podido experimentar en la vida terrestre. Pedro hubiera querido seguir disfrutando de ese viaje, pero repentinamente sintió sobre su rostro un fuerte golpe; su vista se nubló, y cuando abrió de nuevo los ojos, su vecino le gritó: -Qué buena borrachera agarró compadre, estaba hablando y hasta cantando dormido.

Pedro se enderezó desconcertado, miró a su alrededor y todo parecía normal, creyendo que aquella experiencia era producto de su borrachera, se puso de pie y se dirigió a su auto para empezar a guardar las cosas; mientras que con suavidad, una nave se deslizaba entre la cortina de árboles que separan a la playa del caserío que está cerca de Miramar.