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Conclusión

Conclusión.

Pasaron los meses y la armonía en el hogar de la tía Cande, era cada ves mejor, lo hijos ya no respiraban ese ambiente lleno de insultos, gritos y golpes, que más que lastimar el cuerpo, laceran el alma, dejando huellas casi imborrables, como son el temor, la inseguridad y a veces algo más grave, la repetición de conductas, sobre una nueva generación, que debería venir aun mundo mejor y que solo viene para encontrarse con un hogar lleno de agresión.

La tía Cande llego a casa muy contenta y le propuso a su marido que se integraran a una congregación religiosa, en donde ellos podía recibir un poco más de ayuda y con los días, formar un grupo de apoyo a matrimonios que estuvieran pasando por la violencia que ellos habían superado. Julián acepto y con los meses, sus hermanos también estaban trabajando en la comunidad religiosa, apoyando a sus amigos y vecinos. Julián estaba cada vez más convencido, de que el hombre debe de amar y cuidar a su mujer. Además descubrió que cuando la cabeza de la casa funciona a la perfección, el hogar se convierte en una fuente de inspiración y progreso.

Pasaron dos años y la familia de la tía Cande comenzó a mejorar su estilo de vida. Julián ya no invertía el poco dinero que ganaba, en tomar alcohol con sus amigos y traía el sueldo completo a casa, lo que mejoro la alimentación de la familia. Cande sentía que estaba viviendo su sueño. Pero la situación del campo mexicano, no es del todo buena, a pesar de que por este, Álvaro Obregón nos vendió a los Estados Unidos, con los tratados de Bucareli, evitando con este acuerdo, que nuestro país produzca tecnología y condenando a los mexicanos a la dependencia de los caprichos capitalistas, de los países ricos del mundo. Algo que los priistas han ocultado, pero que nunca podrán borrar de la historia.

Daniel siguió estudiando en la escuela Juan Álvarez, en donde concluyo sus estudios. Luego continúo con la secundaria, en donde saco altas calificaciones, quedando siempre, entre los mejores alumnos de su generación. Actualmente radica en los Estados Unidos, con una familia que trata de evitar la violencia familiar. La hermanita de Daniel, tan bella como la madre, fue elegida señorita simpatía, en la secundaria en que Daniel estudiaba. Armando nacido en el sur de México y creado en el norte, salio de su pueblo natal con rumbo a la frontera Tamaulipeca que lo vio crecer. Su sueño es volver a su pequeña patria, en donde espera un día volver a vivir.

El tío Julián y la tía Cande, a los diez años de haber superado su crisis familiar, salieron de Atoyac para no volver jamás. El sueño americano, pudo más que el valor de la tortilla de maíz, con todo y que eran hijos del Maíz. Los burritos y la milpa, pasaron de unas manos a otras. Jacinto Senovio ya no iría más para el palmar, ahora las gaviotas pasan por el trigal, sin verlo más. El tío Julián y Cande, comenzaron a comer pan de barra, queso amarillo; a tomar leche de pasteurisadora y congeniar con la mayonesa extranjera, las ropas de marca y las tiendas capitalistas e industrializadas. Aprendieron a vivir del lado extranjero, en las tierras que alguna vez, fueron de los mexicanos.

Las grandes ciudades de nuestro país, no los logro retener a nuestros compatriotas, porque sus colonias perdidas solo existen falsas promesas políticas, que en tiempos de campaña suenan muy bonitas, pero que a la hora de cumplir, se olvidan toditas. El seno social de México, no pude abrazar y retener entre sus entrañas, a la familia de la tía Cande, aun cuando todos eran buenos mexicanos, un poquito más que lo que es nuestro nopal. Las tres familias se pasaron al lado americano. La nueva generación de ellos, parece ser que se están olvidando de su raíces.

Todos los nietos de la tía Cande, radican en el estado de Texas. Algunos de ellos tratan de evitar la violencia familiar. Luchan por un futuro mejor, que el que ellos podían haber tenido, si hubieran quedado en el campo. La milpa del tío Julián, hoy es trabajada, por una generación que trata de progresar con muchas promesas y muy pocas esperanzas, razón por la que muchos mexicanos dejan sus tierras, para irse a vivir en el país vecino. Lo triste es que varios de ellos, están planeando seguir los pasos del tío Julián.

Arrnando es docente en la ciudad de Tampico y cada vez que puede, les cuenta a sus alumnos, la experiencia que vivió la tía Cande en pro de que este fenómeno social no se repita, al menos en quienes tienen oídos para oír y desean superar la violencia familiar. Los otros hijos de la tía Cande, estudiaron con más ahínco y lograron forjarse un bienestar económico, mucho mejor que el que Julián y Cande les habían dado.

El tío Julián vive aun en esa ciudad, en una de las colonias populares de Nuevo Laredo Tam. A cinco años de su llegada, la tía Cande falleció de un problema mamario. Para el tío Julián, esto fue un duro golpe y hoy esta esperando unirse un día de nuevo, con la tía Cande, la cual lo esta esperando al otro lado de la vida. El tío Julián espera que todos los mexicanos aprendamos a respetar a la mujer, tratándola con amor y no con violencia, porque don Benito lo dijo con toda certeza. El respeto al derecho ajeno es la paz, amor y respeto que Dios manda.

Capitulo V. La hora Final

Capitulo V. La hora Final.

Llego el viernes, los hombres salieron temprano, para trabajar en las labores, mientras que los niños quedaban en casa, preparando sus útiles y dirigirse a la escuela. La tía Cande los iba a acompañar ese día, hasta la puerta de la escuela. Todos salieron en tropel, ocho chamacos que comenzaron a bajar la cuesta polvorienta, para luego doblar a la derecha e internarse sobre el pasadizo que bordeaba el río Atoyac, con rumbo a la entrada del mercado, en que debían cruzar, para llegar a la escuela. Caminaron varios cientos de metros, encontraron un par de salidas al pueblo, las cuales estaban antes de llegar a la altura del mercadito.

Los chiquillos caminaban en fila india. De tiempo en tiempo se agachaban para tocar las tranquilas aguas del río, ya que en esa parte se ensanchaba, permitiendo un estancamiento y anchura del río. Armando lo miraba, como si fuera parte de una laguna, a veces le parecía estar mirando la laguna de Casas Grandes Chih. Iban todos muy alegres, cuando uno de los niños dijo: “Hay viene un toro”. Uno de los arrieros corto camino con su vaca y eran quien venia de frente a ellos. Una de las niñas, al ver al vacuno, se trepo como pudo al paredón y comenzó a llorar. Los niños muy serios se encontraron de frente con aquel animal y su arriero.

La tía Cande les dijo: “No se asusten, es solo una vaca”. “Si”, dijo uno de sus sobrinos, “pero tiene cuernos”. La niña toda asustada, vio pasar a la vaca frente a ella, luego que paso, descendió para continuar con la caminata, mientras todos los niños le hacían burla. Los niños llegaron a la saliente que conectaba al río con el mercado. Todos subieron corriendo con rumbo a la escuela. La tía Cande, condujo a todos los chamacos, hasta la entrada de la escuela y luego regreso por la misma calle, para internarse en el mercado. De inmediato se acerco a los puestos de vendimias. Pregunto por cuerdas o sogas resistentes. Le mostraron varios tipos de ellas. Cande las examino, quería que fueran suaves, pero resistentes.

Los comerciantes que la conocían, le preguntaron para que las necesitaba y ella con una sonrisa en los labios, les dijo: “Las necesito para domar aun macho, muy macho, que ya le llego la hora de no seguir reparando”. Los amigos sonrieron, sin imaginar lo que aquella mujer estaba planeando. Unos minutos después, encontraba lo que buscaba, pagando el precio lo puso en su redecilla y siguió con sus compras. Luego regreso presurosa a su casa, para esconder los productos adquiridos, preparando el escenario, en donde le daría al marido, la lección de su vida. Luego se dirigió a la cocina, para preparar los alimentos de ese día.

Por la tarde llegaron los niños que regresaban de la escuela, como aquello de las dos de la tarde. Cande los atendió, les dio de comer y les dijo lo que tenían que hacer, antes de que llegara el jefe de casa. Como a las seis de la tarde, llegaron los hombres que venían de las labores. La tía Cande recibió a su marido con frijolitos recién cocidos, aguacate, arroz, un pequeño guiso, acompañado por tortillas calientitas, hechas a mano y cocidas en el comal de barro, que estaba sobre un rustico templete de ladrillos que la hacia de estufa.

El hombre se sentó a la mesa, rodeado de los seis hijos, todos dispuestos a devorar los frijoles negros y de bola, las gordas de maíz, el picante y el arroz blanco, que combinaba con lo servido en la mesa. El jarro de café negro y los panes chantes, no podían faltar. Armando llego justo en el momento en que esto se servia a la mesa. La tía Cande lo invito a participar de aquel festín. El recién llegado se sentó al lado de sus ruidosos primos y comenzó la charla, sobre los juegos que en unos minutos realizarían en el patio, con sus otros primos que ya les estaban silbando, para que se les unieran.

Los chiquillos terminaron sus alimentos y salieron corriendo al patio, seguidos por Armando. El tío se quedo sentado y en silencio, porque aun no se contentaba la tía Cande, por la últimos golpes que el le propinara. Minutos después, el tío Julián se retiro a darse un baño para luego tirarse en la hamaca, en donde escuchaba, primero su radio novela “Kaliman”, el hombre increíble y después “Rayo de Plata”, radionovelas famosas en ese tiempo. Por ultimo el tío se dedicaba a escuchar música de la Sonora Santanera y de Javier Solís. Su mente se llenaba de nostalgia, como recordando su niñez y adolescencia.

Casi eran las diez de la noche, cuando los niños aparecieron en la cocina, sudados pero sonrientes. La hora de dormir, se estaba llegando y tenían que asearse para ello. Los niños se formaron de uno en uno. Todos terminaron de bañarse, en menos de una hora y luego se retiraron a descansar. Minutos después, la tía Cande estaba sola en la parte del jacal, que la hacia de cocina, meditando en lo que pensaba hacer. La duda le asalto, repentinamente y comenzó a sentir que le faltaban fuerzas, para realizar la empresa que se había echado a cuestas. No sabía si su plan resultaría. En algunos momentos sentía que vacilaba, pero en otros se animaba. Era lógico, lo que ella iba a realizar, nunca lo había hecho una mujer de su clase social y de su región.

Termino con sus quehaceres y se dirigió a descansar. Se paro frente a su marido, alumbrada por el quique que arrojaba una tenue luz. Lo miro y se pregunto: ¿Por qué tenemos que vivir peleando, si cuando nos casamos, lo hicimos por amor? Repentinamente el marido se volteo, para quedar frente a ella y dijo: “Apaga esa luz y acuéstate ya y déjame dormir en paz”. La aspereza estaba en sus labios, aun cuando estaba medio dormido. Cande obedeció al instante y apago la luz y se acomodo al lado de su marido, espalda con espalda y se quedo dormida, estaba muy cansada. Los quehaceres del hogar y el maltrato de su marido la estaban matando lentamente.

Por la mañana del sábado, todos desayunaron tarde, los hombre habían salido temprano con rumbo a las milpas, porque a medio día, terminaban sus labores. Así lo hicieron, Armando los acompañaba aquel día. Armando era el encargado de ensillar los burros ese día. Minutos antes de que los hombres comenzaran a recoger las herramientas, Armando se dirigió a realizar su ultima tarea. Los dos animalitos estaban atados juntos, en un mismo poste.

Armando llego y comenzó a ensillar al primer semoviente, que era una burrita muy mañosa. Le puso los costales y luego la montura y cuando iba a apretar el cincho, la burrita se sacudió los costales y estos cayeron al suelo. El chamaco volvió a repetir aquella misma acción y la burrita respondió igual. Lo mismo sucedió por tercera vez y entonces Armando tomo un azote y le propino dos golpes a la burrita. El burro, que estaba al lado, le propino al chamaco, un patadon que cuando este reacciono, fue porque ya estaba en el suelo, boca arriba y contemplando el cielo. Sin aire y sin lesiones considerables, Armando se puso de pie y ensillo los dos burritos, que ahora se portaron dócilmente.
Los mayores llegaron al lugar, para montar las bestias y salir de la labor, con rumbo al pueblo. Los chamacos conducirían a los animales, hasta la casa, mientras los adultos se quedarían en el pueblo para embriagarse. Así lo hicieron y los chamacos llegaron a casa, como a eso de las tres y media de la tarde, con la carga de leña. Daniel, Armando y Samuel, con los otros primos, llegaron descargando lo enviado por los hombres. Las mujeres preguntaron a sus hijos, por los maridos. Los niños les informaron que se habían quedado en el pueblo.

Los hombres entraron a la cantina, los amigotes les recibieron, con bromas y euforia. Todos se conocían y se encontraban por las mañanas, en el camino a la milpa. Ahí se embriagaban, hasta eso de las siete de la tarde, en que casi todos regresaban a casa, con algo de dinero, ya que el resto se lo gastaban en bebida. El tío Julián, no era la excepción de la regla, así que como todos los de su clase social, cumplió con su vicio y el de sus amigos. Julián y sus hermanos, salieron de la cantina, para tomar la calle Juan Álvarez, la cual los conduciría a las casas de ellos. Subieron por la cuesta, entre bravatas y canciones, que venían entonando. El primer tío se separo de ellos, para entrar a su jacal, mientras que Julián y su otro hermano, hacían lo mismo, en sus jacales.
Como a las siete y media, el tío Julián entro borracho a casa, tratando de armar el escándalo de siempre. La tía Cande ya estaba preparada. El jacal tenía dos puertas, una hacia el patio trasero y la otra hacia el frente de la calle y mientras Julián entraba por enfrente, Cande despachaba a sus hijos, por la puerta trasera, para que se refugiaran en las casas de sus concuñas. Luego se regreso, para hacerle frente a su borracho marido, que comenzó a insultarla, porque según él, ella no había hecho nada en todo el día, mientras que el se la paso matándose por traer el taco a casa. El la tomo del brazo y ella comenzó a forcejear con él.

Julián no se veía con la misma fuerza de los días anteriores. Ella logro controlarlo por algunos momentos, pero eso hacia que aquel hombre se enfureciera más. Ambos se liaron a golpes, pero la embriagues del tío Julián, se impuso a sus fuerzas, permitiendo que la tía Cande fuera la vencedora, de aquella contienda. El cayo sobre el camastro y ella, como pudo, trato de acomodarlo en el lecho. Luego procedió a quitarle los zapatos y calcetines. Luego hizo lo mismo con la camisa y pantalón y prosiguió con la ropa interior, hasta dejarlo, tal como vino al mundo.

Luego de que la tía Cande desvistió con toda paciencia a Julián, comenzó con la siguiente parte de su tarea. El hombre se sentía pesado y la tía Cande tuvo que hacer un supremo esfuerzo para concluir con la primera parte de la faena. Tomo aire para luego agacharse y sacar de debajo del camastro, unas cuerdas para atarlo a la cama. Esta era de metal, con un esprin compuesto de una malla y resortes, con los que se sujetaba al bastidor de aquel camastro. La cabecera y la parte opuesta, eran tubulares. Lo que le facilito a la tía, la tarea de atar al hombre, que no lograba percibir lo que ella estaba haciendo. Le amarro los pies, luego las muñecas, en las cuatro esquinas del camastro. Se detuvo un poco a tomar aire. Luego lo miro, el dormía como un bebe y no como el ogro que era.

La tía Cande se dirigió al patio trasero, en donde tenia preparada una cuarta y una cubeta con agua. La familia tenia un cuartucho en donde guardaban las herramientas y ahí tomo estos elementos. Entro de nuevo al cuarto, en donde estaba el tío Julián, se paro frente a él y arrojo el agua, sobre el desprevenido marido. Cuando este senito caer el líquido sobre su cuerpo, despertó de manera abrupta, para darse cuenta que estaba bien atado al camastro.

Lo primero que hizo, fue preguntarle a su mujer, que estaba pasando. Ella sentencio: “Ya estoy cansada de tus malos modos, de tu actitud violenta y de que nos estés golpeando cada vez que se te antoja” El hombre dijo: “Fíjate bien en lo que estas haciendo”. “Estoy bien conciente de lo que estoy haciendo y créemelo que no me hubiera gustado llegar a esto”, dijo Cande, con el rostro compungido.

El marido comenzó a darse cuenta de lo que estaba a punto de suceder y le preocupo la determinación, con que su mujer estaba actuando. “Hace mucho tiempo que tu debiste fijarte en lo que hacías tu”, dijo la tía Cande y añadió: “En lugar de dialogar insultas y repartes golpes, tu orgullo no te permite reconocer tus errores y después de agredirnos, terminas haciéndote la victima y luego nosotros tenemos que acercarnos a ti” El hombre dijo: “Si yo he actuado con violencia, como dices, es porque tengo que aplicar la disciplina en casa”. “Estas muy equivocado”, dijo Cande, “porque disciplinar proviene de la palabra discípular, hacer que alguien que necesita ayuda, reciba el consejo para enmendar el camino por el que se conducía de manera equivocada”.

Julián la miro con temor y trato de convencerla de cambiar el castigo que le iba a propinar. Cande se mantuvo en su postura y agrego: “En lugar de hablar con tu hijo y ver si tu violencia lo estaba afectando, lo golpeas, como si él fuera el problema en esta casa” “Yo quise corregirlo”, dijo Julián. Cande meneo la cabeza y comento: “No lo corregiste, ni le aconsejaste, como a mi me hubiera gustado, pero además lo trataste como si fuera tu enemigo, pero eso hoy se va a terminar”: Con una cínica sonrisa, el tío Julián dijo: “¿Y como piensas remediar, según tu, nuestros problemas?” “Ahora lo vas a ver” Tomo la cuarta y dejo caer un par de golpes, sobre el inerte marido” Este al sentir el dolor gimió, pero hizo un esfuerzo, para no doblegarse.

La tía Cande dijo: “Que te quede claro que cada vez que llegues borracho, insultándonos y queriéndonos pegar, te voy a aplicar este remedio, ¿haber quien se cansa primero?, tu de venir con violencia y yo de esperar a que te duermas, para volver a darte este remedio”. La tía alzo la mano para descargar la cuarta sobre el violento marido. Lo hizo hasta que el hombre gritaba: “Ya no me pegues corazón, ya no lo vuelvo a hacer mi cielo, voy a cambiar, pero ya no me pegues mamacita”. La tía Cande se detuvo y le dijo: “¿Vamos a ver si es cierto?, Te voy a soltar, pero mucho cuidado con que vuelvas a tratarnos mal y se te olvide la promesa de no volver a ser violento. “Esta bien mi cielo, pero suéltame ya”, dijo Julián. Cande añadió: “Una cosa más, le vas a pedir disculpas a nuestros hijo, pero si te retractas, te vuelvo a dar tu medicina”.

Julián acepto las condiciones que le impuso su mujer. Cande lo soltó. Julián se acerco a ella y le dijo: “perdóname de verdad voy a cambiar, pero por favor ayúdame, no quiero seguir siendo un borracho y golpeador”. Cande le dijo: “La maestra que entrevisto a Daniel me dijo que su conducta violenta la había aprendido en casa” “Yo le negué esa verdad, pero si quieres de verdad ayuda, vamos a consultarla, quizás ella tenga información que nos pueda ayudar con este problema” Julián acepto aquella propuesta, mientras Cande llamaba a sus hijos. Los niños entraron acompañados de sus dos tías.

La tía Cande les contó lo sucedido. Marce y Tomaza estaban asombradas de los alcances que había tenido la reacción de Cande. Julián entonces tomo la palabra y dirigiéndose a sus concuñas, sobrinos, hijos y hermanos, les dijo: “Hoy prometo ante ustedes, que me voy a esforzar por ser una buena persona, dejando a tras el vicio y la violencia” Los miro fijamente y luego añadió: “Hijos, por favor perdónenme todo el daño que les hice, pero a partir de este día pretendo ser un padre, un amigo y un buen compañero de todos ustedes”. Los niños corrieron a rodearlo con abrazos y besos. Daniel fue el primero en reaccionar y cuando estuvo en brazos de Julián, este le dijo: “Perdóname hijo, por la forma en que te trate”. Daniel se le colgó del cuello y lo beso en la mejilla.

Cande se acerco a Julián y las concuñas aplaudieron con alegría. Cande se sentía feliz y Julián la abrazo amorosamente, como la primera vez en que la tuvo por novia. Después de pedirles disculpas a todos los presentes, Julián les prometió buscar ayuda profesional. Todos se alegraron, prepararon un convite familiar, para festejar el cambio de Julián. Sus hermanos hicieron promesas semejantes a sus mujeres y a sus hijos. Toda aquella noche se alegraron, porque había llegado una nueva forma de vida, a la casa de la tía Cande y comenzaba a cumplirse el sueño de aquella sufrida y abnegada mujer.

El lunes por la mañana, la tia Cande y Julián, acompañaron a sus hijos a la escuela, para entrevistarse con la maestra. Ella los recibió gustosa, escucho los compromisos que Julián se había planteado. La maestra les hablo de un programa de autoayuda, que se pensaba implementar en la escuela, para que los padres ayudaran mejor a sus hijos. Pero además les recomendó, que fueran a ver una psicóloga que recién había llegado al pueblo y que muchos no la aceptaban, por los prejuicios culturales. La maestra llamo a Daniel y este entro gustoso a su oficina. Ella escucho a Daniel, prometer que desde ese día, se portaría bien y estudiaría mucho.
Daniel iba ese día, hasta mejor peinado y con sus útiles escolares, tan bien ordenados, como jamás lo hubiera imaginado su maestra. Que bueno seria, que los padres entendieran la importancia que tiene un hogar estable, para forjar las metas, los valores y las ganas de vivir exitosamente, en los hijos que gozan de la bendición de un hogar con problemas, pero con ganas de seguir cambiando y prosperando moralmente, día a día.

Cande y Julián se entrevistaron con la psicóloga. Ella los escucho con mucha atención y los aconsejo para seguir mejorando las relaciones interpersonales, entre los miembros de la familia de Cande y también con los amigos y vecinos con quienes convivían. Después de recibir la ayuda, Cande y Julián, con la ayuda de la psicóloga y la maestra de Daniel, forjaron un proyecto, que con el tiempo, ellos lo aplicaron en la comunidad religiosa a la que pertenecían.

La pareja salio del humilde consultorio de la psicóloga, con la esperanza de un nuevo día. El sol brillaba como se uniera, a los buenos deseos que en ellos, se estaban forjando de nueva cuenta. Cande y Julián llegaron contentos a su jacal, el la tomo de la cintura y la beso, mientras le decía: “Sigues estando tan linda, como el primer día que te vi.”. Ella sonrío y le dijo: “Te amo”, lo que siguió no lo puedo contar, pero es fácil de imaginarlo, porque a medio día que los niños regresaron, ellos estaban muy acaramelados.

Con los meses llegaron cuatro retoños más, al hogar de la tía Cande y con ello una nueva luna de miel. Las gentes, la cultura y los medios de comunicación, aun no abordaban el tema de la planeación familiar. Pero ya siendo abuela, Cande les recomendó a sus hijos, que planearan bien a sus familias. Esta por demás decir, que la tía Cande murió por cáncer en la matriz, la prevención de este, aun no llegaba a ser de dominio publico.

Novela Tia Cande Cap.4

Capitulo IV. La Última Llamada

Las concuñas se volvieron a reunir, a la misma hora y en el mismo lugar en que lo habían hecho la vez anterior. La tía Cande inicio la conversación con un sollozo y un par de lágrimas, diciendo: “Ya estoy harta de este tipo de vida”, “creo que no voy a soportar mucho”. Las dos concuñas trataron de consolar a Cande: “La próxima ves que te quiera tocar, amenázalo con recurrir a las autoridades o pídele el divorcio”, dijo la tía Marce. La tía Marce estaba casi en la misma situación con su marido, pero era un poco más brava, a la hora de repartir los golpes, por lo que su marido no salía tan bien librado de las peleas, como salía el tío Julián.

“Mi viejo no es tan malo, como para que yo recurra a las autoridades”, dijo la tía Cande. Las dos concuñas bajaron la cabeza, meneándola en desacuerdo por lo que dijo la tía Cande. Ella agrego: “El me quiere, solo que a veces lo desespero y por eso reacciona así”. “Ahora no más eso falta que lo felicites por lo que te hace”, dijo la tía Marce. El maltrato sobre la victima, provoca que ella termine sintiéndose culpable, por la violencia desatada, tal era el caso de la tía Cande. La tía Tomaza agrego: “Por eso existe la violencia familiar, porque nosotras tenemos la culpa, ya que en lugar de poner remedio a esto, terminamos justificando el maltrato que recibimos”.

La plática siguió curso. Marce y Tomaza trataban de alentar a la tía Cande, para que de una vez por todas pusiera remedio a la situación que vivía en su hogar. Las dos concuñas trataban de convencer a Cande, de que no era culpable de la violencia que sufría y de que ella tenia que armarse de valor, para terminar con aquel infierno. Pero la tía Cande encontraba una justificación tras otra, por la violencia recibida a manos de su marido. Marce y Tomaza casi se frustran, tratando de hacer que Cande reaccionara de forma correcta y así pusiera fin a la violencia de su hogar. Por ultimo, las dos mujeres se retiraron del jacal de Cande, pensando en el valor que tuvo, tratar de inducir a Cande, por el camino de la solución a su problema.

Los dos hijos más grandes de Cande estaban jugando con los compañeros, en el patio de la escuela. Daniel, que tenía por costumbre no dejarse de nadie, jugando con su compañero, paso del juego de manos a los golpes. Daniel tenía destreza para mover las manos y dominar a sus contrincantes, así que salio vencedor una vez más. Los dos contrincantes fueron llevados a la dirección de la escuela. No era la primera vez que esto sucedía, por lo que la orientadora entrevisto a Daniel y exonero, después de un buen regaño, al contendiente de Daniel. Luego regreso a su oficina, para atender al chamaco.

La maestra se sentó frente a Daniel y las preguntas clásicas fueron no se hicieron esperar. La maestra practicaba dos principios pedagógicos: “Los hábitos de los niños, no se aprenden en la escuela, si no en la casa. Los hijos son el reflejo de las actitudes familiares. La maestra le menciono a Daniel, estos principios. Al oír aquello, Daniel, el hijo mayor de Cande, solo agacho la cabeza y no contesto. Entonces la docente pregunto: “Daniel, dime con toda confianza ¿tu papá te pega?” Daniel levanto la cara y mirándola fijamente, con cierto destello de coraje, le contesto: ¡No!. La docente percibió que el chamaco, estaba mintiendo. Y volvió a preguntar entonces ¿le pega a tu mamá? Con el rostro hacia el suelo, Daniel solo se concreto a menear la cabeza, negando la cuestión.

La maestra tomo el cardes de Daniel y le mostró sus reportes anteriores y luego le señalo las calificaciones que estaba obteniendo, su promedio general era de 6.7. Daniel miro aquella carpeta y su contenido, pero no mostró sorpresa o abatimiento, por los resultados obtenidos, en su aprovechamiento escolar. La maestra vio la actitud indiferente del chamaco y le dijo: ¿Qué dices de esto? Daniel contesto: “Nada” ¿y que crees que debo hacer contigo? Daniel contesto: “No se”. ¡Bien!, dijo la maestra: “Tendré que llamar a tus padres. “Quiero que mañana venga tu mamá o tu papá, o de lo contrario no entras a la escuela”

Se puso de pie, dejando a Daniel en su asiento. Abrió la puerta y llamo al director de la escuela. Este vino hasta la subdirección, en donde la docente entrevistaba a los alumnos. El director entro a la oficina para escuchar las recomendaciones de la maestra, surgidas por la entrevista realizada. El maestro dijo, tajantemente: “Necesito que venga la madre de Daniel”. El director miro fijamente la actitud de Daniel y como no observara alguna reacción, dijo: “Quiero que llegando le digas a tu mama, que necesitamos hablar con ella, de lo contrario quedaras suspendido hasta que ella venga, ¿Si quedo claro?”. Maestro y alumno, se miraron fijamente. Daniel solo asintió con la cabeza y el director añadió: “Es todo, te puedes retirar”. Daniel salio, mientras la maestra informaba al director de lo que había percibido, en la conducta que presentaba el muchacho.

El director, después de escuchar las observaciones de la maestra, dijo: “Yo pienso igual, si un muchacho es agresivo, la única razón de ello, es que esta aprendiendo la agresividad en su casa”. ¿Y que podemos hacer ante esta situación? Pregunto la maestra. Lo único que podemos hacer, es hablar con la madre, para que tome conciencia, de que el problema esta rebasando los limites de su hogar y esta trascendiendo a la sociedad”. Luego la maestra pregunto: ¿Y si ella no acepta las recomendaciones que le demos? El director añadió: “Entonces me temo que no podremos hacer nada por el chamaco y nos veremos forzados a expulsarlo”.

Daniel salio de la escuela y llego a casa en compañía de sus primos. Dejo sus libros en la mesita de madera, en la que todos sus hermanos dejaban los útiles escolares y se dirigió a la cocina, para informarle a su madre, que al día siguiente, ella tendría que ir a platicar con la maestra. La tía Cande le dijo: “¿Te volviste a pelear?, ya te dije que te portaras bien, si tu papa se entera, te va a castigar y ya sabes como es eso”. El muchacho quedo en silencio, mirando fijamente a su madre. Ella noto algo extraño en sus ojos, no atino a descubrir si era coraje, vergüenza o miedo. Solo le dijo: “Esta bien, ve a jugar, mañana veremos lo que quiere la maestra”. Daniel salio corriendo, como si con ello, todo quedaba olvidado.

Antes de que llegaran los hombres, las dos concuñas volvieron al jacal de la tía Cande, para platicar con ella, por el reporte de Daniel, que había recibido de la escuela. Ella les contó lo que el chamaco le dijo y Marce dijo: ¿Te fijas hasta donde esta llegando la situación familiar de ustedes? ¿Qué hago? Dijo Cande y Marce le contesto: “Lo que debiste de haber hecho, hace tiempo. Ponerle un alto a tu marido y no seguir permitiendo que las cosas empeoren. “Fíjate manita”, dijo Tomaza: “¿Qué más esperas que suceda, para ponerle una solución a esta situación? “Los hijos sufren, las cosas empeoran y tu no logras ser feliz y permites que tu casa se vuelva un infierno para todos”.

Cande guardo silencio, porque estaba frustrada y no sabia que hacer. En su casa había vivido violencia, pero ella y sus hermanos no se sentían afectados por ello, al menos eso era le que ella creía. Además no estaba enterada de lo que estaba sucediendo, en los hogares de sus hermanos. Su mamá era una mujer sumisa y nunca se quejaba de la violencia, que a veces desataba su padre. Ella había sufrido golpes e insultos, de parte de su progenitor y no era violenta por ello. Cande se consideraba una mujer aguantadora, fiel y dedicada a velar por sus hijos. Las concuñas se retiraron, dejándola con estos pensamientos, entre los que buscaba la respuesta a la situación que vivía con Julián.

La tía Cande se presento al día siguiente, en la escuela de Daniel, para escuchar la queja que tenían contra él. La maestra que atendía el caso, invito a Cande para que pasara a la subdirección y tomara asiento, para cumplir con la entrevista. Minutos después entro la maestra y se sentó frente a Cande. Ella la miro con cierto temor. En pocas palabras, la maestra le explico el problema del día anterior y luego pregunto: ¿Su esposo y usted siempre han vivido juntos? Y mirándola fijamente, para estudiar con detenimiento, cada uno de sus movimientos faciales, espero la respuesta.

Cande se turbo, pero trato de mantener la calma, para no delatarse y contesto: Si, ¿Por qué la pregunta? Cande sospechaba la intención de la maestra. “La conducta de Daniel presenta problemas de familia”, dijo fríamente la maestra. Cande se esforzó por no delatarse y dijo: “Creo que tenemos problemas como toda familia, mi marido y yo discutimos como es normal en todo matrimonio”. “¿Cuándo discuten, lo hacen ante sus hijos?”, pregunto la maestra. ¡No, lo hacemos a solas!, contesto Cande. La maestra prosiguió y dijo: ¿Su marido le ha pegado? Cande respondió con rapidez: “Por supuesto que no”. ¿Cómo tratan a sus hijos?, insistió la maestra. ¡Bien!, respondió Cande, mintiendo. Los hijos son el reflejo de la casa, son el espejo de nosotros”, agrego la Maestra.

Las dos mujeres se quedaron en silencio, la tía Cande bajo la mirada, ante la imponente verdad que reflejaban las palabras de la maestra. Trato de reponerse y dijo: “Maestra, ¿No puede existir otra causa por la que Danielito sea agresivo? “Me gustaría que así fuera”, dijo la maestra y luego añadió: “Pero lo que los niños hacen en la escuela, es porque lo aprenden en casa. La tía Cande bajo nuevamente la vista, sin darse cuenta que con ello estaba confirmando las sospechas de la maestra. La tía Cande no convenció a la docente y salio de ahí algo preocupada, porque se sentía descubierta.

El director entro en la oficina, para recibir las impresiones que había recogido la maestra, en la entrevista con la tía Cande. La maestra detallo la entrevista al director y añadió: “La señora no reconoció que hay violencia en su hogar y que esta la desata el marido”. “Las mujeres de la comunidad, parece que fueron educadas por sus madres, para este tipo de vida”. La maestra añadió: “Pero es nuestra obligación luchar contra este tipo de cultura nociva, por medio de la educación equitativa y valores como el amor, el respeto y la cooperación. En ello esta la calidad educativa que tanto pregonamos”.
La tía Cande llego a su jacal, a punto de llorar. La tía Marce y Tomaza llegaron para enterarse de lo que le habían dicho en la escuela. Cande les contó lo sucedido y la tía Marce le dijo: “Creo que ha llegado la hora de que le des un escarmiento a tu marido, antes de que te mate o lastime a uno de los chamacos.”Date cuenta de la realidad”. “Escucha manita”, dijo Tomaza “habla con tu marido de lo hoy paso en la escuela con Danielito, haber si así toma conciencia del daño que esta haciéndoles a los niños y a ti”.

¿Pero como que debo hacer?, pregunto Cande y dijo: “Doña chema, mi vecina, me dijo que fue a las autoridades y que no le hicieron caso, que ella insistió y que llamaron a su marido a la comandancia, pero que al llegar a la casa, le dio una sunda por ello, que no le volvieron a quedar ganas de irse a quejar a las autoridades”. “Lo mismo le paso a mi prima”, dijo Tomaza. “Fue a poner la queja a las autoridades, no le hicieron caso y su marido se la sonó, luego se fue a emborrachar y hasta le paseo a una fulana, frente a su jacal, para que supiera quien manda en casa”.
La tía Marce, un poco más segura y con mejores estudios que sus concuñas, dijo: “Las mujeres lucharon por la independencia del país y les fue como a las comunidades indígenas, quedaron marginadas. Lucharon en todas las guerras posteriores y siguieron sin ser ciudadanas y encima maltratadas por sus maridos. Participaron como soldaderas en la revolución y esta les dio la ciudadanía, 34 años después, a manos de don Ruiz Cortínez” “¿Cómo creen que nos van a reconocer nuestro derechos de la noche a la mañana?” “Si nosotras no le ponemos un alto a este problema, nadie se lo va a poner”.

“Me asustas Marce”, dijo la tía Tomaza. Cande la miro extrañada y en silencio, tratando de reconocer a esa mujer que nunca había visto. Marce las miro desconcertadas y les dijo: “Quiten esa cara de espantadas, no quiero decir que maten a sus maridos, solo que les den una buena lección, para que no las vuelvan a tocar, yo ya lo hice y me resulto”. Tomaza dijo: “Yo siento que me falta valor, para enfrentar a mi marido” Cande, a manera de queja o nostalgia dijo: “Yo creo que a mi me están faltando fuerzas, para seguir soportando los malos tratos de mi marido”. Las miro fijamente y continuo: “Yo me case enamorada de Julián, pensé que viviríamos pobres, pero felices y en armonía, nunca me imagine que con los meses el hombre cambiaria”.

Marce interrumpió a Cande, para decir: “Ya estuvo bien de tantas quejas, los que ahora necesitamos son soluciones y así no las vamos a encontrar”. La tía Tomaza añadió: “Dices bien, es ahora o nunca,, cuando debemos de darle fin a esta situación”. Cande se unió a las conclusiones: ¿Por qué los hombres no obligan a tomar dediciones drásticas, qué no seria mejor dialogar antes de actuar de manera intempestiva? Marce les comento: “Hace tiempo escuche que el profeta chirolico dijo: Él hombre tiene control de sus dediciones, pero tomada la decisión, ya no tiene control de sus consecuencias”.

Tomaza y Cande, no se atrevieron a preguntar más y las tres se despidieron, dejando a la tía Cande, sumida en sus pensamientos. Por la tarde, la tía Cande le contó a su marido lo sucedido en la entrevista con la maestra de Daniel y sorprendida vio como Julián, en una arrebato de ira, fue a cortar una vara chifladora y correosa, para llamar a Daniel, entre gritos he insultos. La tía Cande trato de contener a su marido y este le dijo: “Quítate de en medio o también tu alcanzas unos varazos. El chamaco, acompañado de sus primos, apareció en el patio de donde venían los gritos de su padre. Con miedo se paro frente a él. Después de un par de insultos, el padre le dio tres varazos, sobre su espaldo, haciendo gironés a la luida camisa que traía.

Los primos aterrorizados contemplaban la escena, mientras el tío Julián volvía a darle tres azotes más a Daniel. La madre trato de impedir aquel castigo. El tío Julián la confronto, diciendo: “Tu tienes la culpa de la rebeldía de este chamaco, porque como toda madre, lo solapas” y levantando la mano, dejo caer la vara, sobre la espalda de la aturdida mujer, que no alcanzaba a comprender el porque de tanta violencia. Así que no sintió los dos primeros varazos, pero el tercero la hizo reaccionar, justo en el momento en que Marce llegaba por sus hijos, para conducirlos a su jacal. La mirada de las dos concuñas se encontraron. Marce la miro, como reclamándole el porque no detenía lo que estaba sucediendo. Mientras que la mirada de la tía Cande se dirigió a ella, como diciéndole: “tenias razón, ya es hora de que actúe contra esta violencia”.
Por la noche, toda la familia de la tía Cande, cenaba junta en el jacal, como si por la tarde, no hubiera sucedido aquel acto violento. La tía Cande estaba en silencio. El tío Julián estaba acostumbrado a esa reacción, que presentaba Cande, después de cada acto de violencia. Pero Cande había llegado al límite de su paciencia y comenzó a maquinar la solución para frenar la violencia que ya la tenía cansada. Don Julián no se imaginaba, que ese día seria el último de sus actos impunes. Ceno sin remordimientos y se retiro a descansar, mientras su hijo le miraba de manera acusadora.

Cande le dio un beso a Daniel y le dijo: “Perdóname hijito, nunca pensé que tu padre fuera a reaccionar como lo hizo, pero te prometo que esto ya no volverá a suceder”. Daniel la abrazo fuertemente, como diciéndole “tienes mi apoyo, te amo y confio en que Dios te de sabiduría” Le dio un beso en la mejilla a Cande y con una sonrisa salio corriendo, para acostarse. El día siguiente avizoraba mejores vientos y el tiempo tendría que cambiar, para que no se volviera a desatar el huracán de violencia familiar.

Cuando Daniel salio de la pequeña cocinita, Cande alzo sus ojos al cielo, como pronunciando una oración al Creador, en busca de la Gracia y sabiduría necesaria, para que ella actuara al día siguiente. Julián, mientras tanto dormía placidamente en su catre, sin imaginarse que la mujer puede ser tan fuerte como el hombre, ya que Dios no hizo diferencia entre el uno con el otro. La violencia familiar se puede detener de manera civilizada, pero a veces los machos, obligan a sus mujeres, para que ellas tomen otras medidas. Las autoridades mexicanas deberían prestar atención a ello, porque si una desgracia sucede, por la falta de cordura y dedición, entre quienes dirigen en nombre del estado, el gobierno se constituye entonces en infractor y culpable, de un crimen cometido por el hombre violento o por la acción ilícita de una mujer, que toma una dedición fatal.

El valiente vive, mientras el cobarde quiere. Cande estaba a punto de dejar de ser cobarde y Julián y la autoridad sorda, también serian culpables de las consecuencias de un mal no remediado. Cande se retiro a descansar, mientras que su mente buscaba una solución y antes de dormirse, se sobresalto sobre su lecho. La solución apareció en su mente. Su rostro se ilumino con una linda sonrisa y se dejo caer sobre la cama, quedándose tranquilamente dormida.

Por la mañana, mientras la tía Cande estaba afanada en sus quehaceres domésticos, llegaron sus dos concuñas, para conocer el sentir de la tía Cande, para ver si podían ayudarla. La primera que llego, fue la tía Tomaza. Esta alarmada le dijo: “No puedo creer lo que te sucedió con mi cuñado”, “no estaba en la casa, habíamos salido al mercado, pero mis hijos nos contaron todo lo sucedido”. Cande, con los ojos humedecidos, dijo: “Hasta yo estaba asustada y asombrada, ¿Cómo no lo iban ha estar tus hijos?”.

En eso entro la tía Marce. Las dos mujeres quedaron en silencio, para permitir que la recién llegada, prosiguiera con la conversación. De inmediato comenzó la recriminación de la tía Marce, sobre Cande. “Te dije que hasta que no le pongas un hasta aquí ha esta situación, tu marido se va a calmar”. La tía Cande dijo: “Ya lo pensé bien y ustedes me van a ayudar”. ¿Cómo?, pregunto la tía Tomaza. Cande, mirándolas fijamente, les dijo: “Este fin de semana, mi marido va a cobrar un dinero que le deben, de seguro se va a ir a la cantina, se embriagara y vendrá haciendo su escándalo, para tratar de iniciar otra pelea”. ¿Y si no le pagan?, dijo Marce. “Entonces Será el siguiente fin de semana”.

Bueno, bueno, ¿Pero en que te vamos a ayudar?, dijo Marce. “Cuando llegue mi marido, les voy a mandar a mis hijos para que me los cuiden, mientras que yo enfrento a Julian”. “¿Tu sola no vas a poder?”, dijo Tomaza. “Claro que si”, respondió Cande, muy segura de lo que había planeado y les explico con detalle, lo que pensaba hacer contra su marido. Ellas escuchaban con la boca abierta, pensando en que la leona dormida, había despertado, algo que habían considerado imposible. Minutos después, las tres se despidieron, dejando a la tía Cande, solo y acariciando se desquite.

Novela Tia Cande Cap.3

Capitulo III. Una Vez Más.

Atoyac de Álvarez Guerrero, ya no es definitivamente, aquel pequeño municipio, que muchos conocieron y que ahora es solo un recuerdo. Bajando de la loma, existía un camino a manera de pasadizo, que bordeaba el río, hasta llegar a la altura del mercado, el cual corría de manera paralela a la avenida Juan Álvarez, en el lado opuesto a la plaza de armas y la escuela primaria, del mismo nombre. Por este pasadizo, la gente del pueblo acortaba la distancia, entre los pequeños barrios y el centro del pueblo. El pasadizo tenía la peculiaridad de acercarse al río, en ciertas partes de este, que hasta se convertía en algunos tramos, en el borde de este. El agua casi tocaba los pies de la gente que transitaba por ahí. Que tiempos aquellos, porque hoy solo son recuerdos.

Al otro lado del río, se encuentra el ticui, un lugarcito en que habitan gentes de trabajo. Caminando desde la loma y el tanque elevado que abastece al pueblo, se llega a los cafetales y las huertas de mando, entre ellas, la conocida huerta del perico. Cuando una persona tenia que subir a la falda de la sierra, lo recibían el candente olor de café y luego se unía a la aromatización, el dulce olor a mango, para rematar con el olor a los pinos y orejones, que poblaban aquel lugarcito. Las gentes de aquella zona, subían a cortar leña, que utilizaban para sus labores domesticas. Pero cuando iban a la plaza de Atoyac, para ir más rápido, tomaban el pequeño pasadizo ya mencionado.
Los hijos de la tía Cande y sus sobrinos, acostumbraban a dirigirse a la escuela por aquel corredor. Armando hijo del tercer cuñado, que apenas había llegado al lugar, se unió a los muchachos, para compartir la rutina de estudiante con ellos. La tía Cande, siempre atenta a las necesidades económicas de su hogar, había conseguido un par de licuadoras y un puesto en el mercado del pueblo, en donde vendería licuados de toda clase y chocó mil, por lo que los niños bordeaban el río, para pasar al puesto de la tía Cande y tomar algo, antes de entrar a clases. Don Julián había conseguido un puesto cercano al de Cande, para vender Iguanas y pollos vivos. Cuando una persona visitaba este lugar, podía caminar por los pequeños corredores del mercadito, entre puestos levantados con madera de segunda y cubiertos por mantas.

Las gentes disfrutaban de toda clase de ofertas. Había frutas de la región, como deliciosos mangos de rios, que despedían un olor a huerto. Los canastos llenos de nanches no faltaban. El melón y la sandia de la región, eran exhibidos también. No faltaban los blanquillos de patio y las iguanas y pollos vivos. Los pollos y gallinas, eran amarrados en racimo, con un mecate. Las Iguanas vivas, amarradas de sus patas por encima del lomo, eran apiñadas unas sobre otras, para ser exhibidas en el puesto que las ofertaba. Guerrero tiene un encanto, no solo en su flora y fauna, también en las costumbres de los pueblos que integran a este estado mexicano.

Aquella primera semana, en que Armando asistiría a la escuela, sus primos lo llevaron por el pasadizo. Bajaron por la cuesta de la loma, se cargaron a la derecha, sobre la ribera del río y comenzaron a caminar por el bordo, en donde en ciertos tramos, solo cabía una persona. El río casi quedaba a los pies de los muchachos, se veía profundo y ancho. Imponente, como si fuera un brazo de mar, solo que sin la olas acostumbradas. Todos marchaban bien formaditos y en fila india. Armando estaba maravillado de aquel paisaje. Avanzaron varios cientos de metros, hasta que doblaron a la izquierda y entraron al mercado, en donde la tía Cande, ya tenía preparado los licuados de chocolate con huevo, para que los niños desayunaran.

Todos los chiquillos se arremolinaron frente al puesto y después de disfrutar la bebida, se despidieron de la tía Cande, dándole las gracias por el licuado que habían tomado. Hijos y sobrinos de la tía Cande, cruzando la avenida Juan Álvarez, para entrar a la primaria del mismo nombre. Todos se dirigieron a sus respectivos salones de clase. Armando quedo en compañía de una prima, que asistía al mismo salón de clase, al que el se estaba incorporando. Las horas pasaron y cumplida la rutina académica, todos los primos se juntaron, para irse juntos. Risas, juegos, brincos y carreras, fueron la mecánica de aquel viaje de regreso a casa.

En los juegos y jaloneos, que los niños venían mostrando, se reflejaban los estragos de la violencia en que ellos estaban siendo educados por sus padres, los cuales quizás no tenia como objetivo, mostrarles a los hijos ese rostro de la vida, pero que de manera sutil, ellos estaban asimilando, en cada ocasión en que los padres, agredían a sus mujeres. Encendidos por la ira, volcaban sus frustraciones y molestias, sobre sus débiles victimas. Esposas que en lugar de ser tratadas como vasos frágiles, eran golpeadas como si ellas fueran un costal de papas. Los hijos llevaban una huella semejante a las de sus madres, las cuales no alcanzaban a vislumbrar el final, ignorando la ley de esta violencia, que dice que: “Todo hijo maltratado, será un padre maltratador” y que “Todo hijo abandonado, será padre que abandone”.

Armando miraba aquellas escenas y traía a su recuerdo, momentos en que fue violentado por su padre. Nunca había visto esa escena sobre la integridad de su madre, pero si la había experimentado en él mismo y en sus hermanos, los cuales se estaban volviendo callados e inseguros. ¿Cómo afecta la violencia familiar, al futuro de los hijos, limitando el desarrollo de sus potencialidades? Armando no tenia la respuesta, pero si la experiencia, la cual seria el derrotero del total de su vida y quizás la de sus hijos, a menos que encuentre el remedio a esta clase de formación humana. Armando era tímido, no era un alumno adelantado y comúnmente era melancólico, quizás por eso recuerda estas escenas en la vida de su tia Cande.

Las siguientes dos semanas de clases, las rutinas hogareñas en aquellos tres hogares, transcurrieron sin más novedad que la descrita hasta aquí. Pero la tormenta estaba por desatarse nuevamente. Don Julián llego por la tarde del día viernes, algo tomado y agresivo. Comenzó por criticar a la tia Cande, refiriéndole la indumentaria que traía puesta: “¿Que fachas son estas en que recibes a tu marido?”. La esposa trato de cambiar el sentido de la discusión y le pregunto: ¿Te sirvo ya de comer?, tratando de calmarlo. El hombre se sentó a la mesa y la tía Cande se apresuro a servirle la comida. El tío Julián, ya traía el ánimo bien dispuesto, para pelear con su mujer.

La tía Cande se esforzó por evitar la confrontación, pero el tío encontraba un pretexto más, para seguir con ella. La tía Cande le pidió a sus hijos que salieran a jugar al patio, con los primos que los estaban llamando a unirse a ellos. Armando que estaba presente, salio al patio con ellos, dejando a la tia Cande, sola en su calvario, ¿él que podía hacer por ella? La discusión entre la tía Cande y Julián, subió de tono. Julián ahora le reclamaba la comida, luego el cuidado de sus hijos, el caso era pelear. Cande trataba de hacer que aquel ogro se convirtiera en manso cordero, lo cual no se puede lograr de la noche a la mañana.

Minutos después, se escucharon gritos e insultos, en boca del tío Julián. De los insultos a los golpes, solo queda un paso y la agresión física no se hizo esperar, llevándose la tía Cande la peor parte de aquella pelea. Julián empujo a la tía Cande y ella trastabillo, pero logro mantenerse de pie. Entonces el se le fue encima y comenzó a abofetearla, ella trato de cubrirse el rostro, con su manos, las cuales recibieron los primeros golpes del tío Julián. El ver la resistencia de su mujer, el energúmeno sujeto, se quito el cinto y comenzó a descargarlo, sobre la indefensa victima, la cual sintió el calor en su cuerpo, al recibir sobre su espalda aquellos golpes.

El hombre sudando, suspendió su violencia. La tía con el rostro cubierto por sus manos, lloraba como una chiquilla. Un par de minutos después, la tía Cande, con sollozos se dejo caer sobre el suelo, sentado y recargada sobre la pared de carrizos, recubierto con barro. El tío salio de aquella rustica habitación, para dirigirse a darle de comer a sus bestias. Minutos después la tia Cande se puso sobre sus pies y prosiguió con sus tareas hogareñas, lavando y preparando los alimentos, para la cena de ese día. Julián decía: “No es hombre el que le pega a una mujer, no es hombre si no le pega otra vez. Que pobre y triste cultura, la de algunos seres humanos.

Cuando los niños regresaron a la cocina para cenar, el tío Julián estaba tirado sobre la litera, durmiendo su borrachera, mientras que la tía Cande estaba con los ojos humedecidos y con el color que dejan los golpes, cuando caen sobre el rostro de una “abnegada” mujer. Los niños preguntaran por el papá, mientras se acomodaban alrededor de la mesa, en donde unos platos hondos de barro, tenían ya servido unos frijoles negros, revueltos con arroz blanco, clásico platillo en esa familia. La tía Cande solo respondió con un: “ya esta dormido, porque mañana se tiene que levantar temprano”. Los dos hijos mayores, la miraron fijamente, adivinando la verdad de lo que había pasado, mientras todos estaban jugando.

Terminando de cenar, toda la familia fue a dormir. Al día siguiente, las concuñas de la tía Cande, que vivían alrededor de su jacal, vinieron para hablar con ella. Los hombres habían salido a sus tareas del día y los niños estaban en la escuela. Las mujeres entraron a la precaria cocina de la tía Cande, en donde la encontraron cocinando un jarro de frijoles, para acompañar a la comida de ese día. La tía Marce entro primero y al notar el color que tenían los ojos de Cande, le pregunto: ¿Te volvió a golpear el miserable de Julián? Un poco turbada y avergonzada, la tía Cande musito un leve “no”, a lo que la tía Tomaza, que venia a tras, dijo: ¿Me vas a decir que te golpeaste el ojo, con la puerta? Cande volvió a responder con otro leve “no”. Las tres mujeres quedaron en silencio, como tratando de escoger las siguientes palabras y comentarios.
La tía Marce rompió el silencio y dijo: ¿Hasta cuando iremos a soportar este tipo de vida? La tía Tomaza dijo: “Hasta que les demos a nuestros hombres, un fuerte escarmiento. ¿Cómo? Pregunto la tía Cande y añadió: “Ellos son más fuertes que nosotros”. La tía Marce dijo: “y además, tenemos que pensar en nuestro hijos y lo que ellos podrían sufrir, si hacemos algo equivocado y de lo que podríamos arrepentirnos”. “Ya, ya, no hagamos un drama”, dijo la tía Tomaza. “Ellos necesitan que hagamos algo drástico, que les sirva de lección y les permita reaccionar y entender que lo que hacen, no es correcto”, “Además, tenemos que hacerlo por nuestros hijos”. Cande se seco las dos gruesas lágrimas que corrían por su rostro. Tratando de ocultar su rabia e impotencia que en ese momento la estaban dominando.

La conversación giro unos minutos más, sobre el problema de la violencia en la que estaban viviendo las tres mujeres y luego giraron la conversación hacia las faenas del hogar y la venta de los siguientes artículos, que llevarían al mercado, el día siguiente, para obtener los recursos económicos, con lo cual apoyaban a la economía del hogar. Además de compartir la responsabilidad económica, con los maridos de ellas, tenían que atender las faenas del hogar y encima de ello, soportar el maltrato familiar. “Si este es un México justo, yo no quisiera vivir en uno injusto”, decía el profeta chirolico.

Las mujeres estaban preocupadas por la compra de la despensa de esa semana y con todo ello, no eran valoradas por sus maridos, los cuales solo se dedicaban a trabajar, emborracharse y dormir la “mona”. Después de ello, volvieron al tema de la violencia, dejando el interrogante de cómo darles un buen escarmiento a los tres maridos golpeadores. Minutos después, las dos mujeres se retiraron a sus jacales, para terminar las faenas domesticas y preparar los alimentos del día. Un par de horas después, los chiquillos volvían de la escuela y entraban corriendo a sus respectivos jacales, para devorar el alimento que las tres mujeres les habían preparado.
Semanas después, la violencia apareció de nuevo en la casa de la tía Cande, una de esas tardes en que llego ebrio el tío Julián, con una actitud intolerante y agresiva. Los muchachos estaban jugando en el patio, con los primos. Armando miro de reojo a su tío y no batallo para imaginarse lo que estaba apunto de suceder. Se dice que el hombre llega, hasta donde la mujer se lo permite y la tía Cande no había puesto limites a Julián, en los primeros atisbos de la violencia, lo cual se inicio desde el noviazgo, ahora estaba pagando las consecuencias de ese error.
La agresividad de Julián se comenzó a desatar, primero con insultos y luego con gritos. La tía Cande trataba a toda costa, de que los muchachos no escucharan la pelea. El hombre la acusaba de ser necia, de no saber hacer bien las cosas. Ella buscaba la forma de convencerlo de sus errores de apreciación y eso hacia que la ira de Julián se encendiera más. Los hijos de ellos, estaban en el patio, jugando cerca de la puerta del jacal y escuchaban por lo tanto, cada cosa que entre los padres estaba sucediendo, por lo que se alejaron un poco, como si con ello pudieran evitar la tormenta que se estaba desatando entre sus padres.

Julián, nuevamente abofeteo el rostro de la tia Cande. Ella de nuevo, trato de cubrirse con sus manos. Pero ante tal situación, ella solo gemía, pero no gritaba, porque no quería que sus hijos escucharan o vieran aquellas escenas, pero el sol no se tapa con un dedo. Repentinamente llego al papá de Armando, para visitar a Julián y a la tía Cande. Este toco la puerta, el silencio le respondió, por lo que volvió a tocar y ante la insistencia, la puerta se entre abrió.

El rostro de la tía Cande apareció en el umbral y con una dulce voz, que decía: “Mira papito, aquí esta tu hermanito” y luego se dirigió al papá de Armando, para decirle: “Pásale mi rey, bienvenido a tu casa”, extendiéndole la mano derecha para saludarlo, mientras que con la izquierda tomaba la punta del delantal, para secarse dos gruesas lagrimas, que estaban rodando sobre su rostro, producto de los golpes recibidos a manos de su marido, hermano del recién llegado..
Don Armando no tardo en advertir lo que estaba pasando y de manera irónica pregunto: ¿No interrumpo? Julián, hermano mayor de don Armando, respondió: “Pásale manito, tu nunca interrumpes”. Armando sonrió y dijo: vengo por mi hijo, ¿no anda por ahí? Justo en el momento en que los niños irrumpían en la habitación, entre risas y escándalo. Armadito mirando a su tío como si lo retara, le dijo a su papá: “que bueno que llegaste, ya es muy tarde y quiero cenar”. Los dos hermanos, cruzaron algunos comentarios intrascendentes y cuando quedaron solos, Armando dijo: ¿Sigues haciendo de las tuyas?, sabes muy bien que mamá grande esta por llegar de los Estados Unidos y si se entera de le pegas a Cande, la vas a pasar muy mal, porque la doña te advirtió que no quería que tocaras a su nuera”.

Julián mirando fijamente a su hermano, le respondió: “Tu no sabes lo que es batallar con una mujer que no tiene la capacidad de pensar bien”. Armando le contesto: “Mamá grande quedo viuda, muy joven y nos supo sacar adelante y sabes bien que a ella no le gusta que nos expresemos así de las mujeres y menos de las nuestras”. Julián conocía de sobra a su madre y sabia que Armando solo le estaba recordando, algo que en la familia de ellos, no era del todo desconocido. “Bueno, bueno, no volverá a suceder de nuevo, voy a tratar de calmarme la siguiente vez”, dijo Julián. Armando le contesto: “Así lo espero por tu bien”

Luego don Armando se retiro, en compañía de su hijo. Armandito tomo de la mano a su padre y se encamino con el. Entonces el niño pregunto: ¿De qué platicaban con mi tío Julián? “De nada importante”, contesto Armando. ¿Verdad que mi tío le pega a ni tía Cande?, pregunto Armandito. ¿Por qué dices eso Armandito? Porque yo lo he visto y también lo escucho, cuando esta sucediendo. ¿Es correcto que un esposo le pegue a su esposa?, pregunto el niño. “Por supuesto que no”, respondió el papá. ¿Verdad qué tu nunca le vas a pegar a mamá? La pregunta del niño, estuvo a punto de quebrantar emocionalmente a don Armando y solo se le nublaron los ojos, con un par de lagrimas, que logro controlar, para que el niño no notara su turbación.
Don Julián y sus hijos cenaron de prisa y así mismo que asearon y fueron a dormir. La pareja quedo en la rustica cocina, ella limpiando lo poco que debía quedar aseado y él, cabizbajo, como meditando en lo que acababa de suceder entre ambos y lo que su hermano le había recordado, con respecto a la sentencia que su madre les había dictado, cuando ellos se habían casado. Ella lo miraba, como reclamándole en silencio. Él la miraba de reojo, como si le dijera que ella tenia la culpa, pues si no lo provocara, el no reaccionaria con violencia. La tía Cande termino el quehacer, esperando una disculpa de su marido, algo que nunca llego.

Julián salio caminando en silencio, no sabia que decir, ni como comenzar un dialogo, que fuera apropiado para el momento. Las palabras de su hermano comenzaron a retumbar en su cabeza. La mamá de ellos, había quedado viuda, sola y sin otra forma de vida, que sembrar la tierra, los había alimentado y educado, en costumbres que no contemplaban el maltrato de la mujer. La señora, que les había dado muestras de carácter, no estaba enterada de la actitud de su hijo y conociéndola, ¿Qué pasaría si cuando ella llegara, le dieran el chisme, de cómo trataba a Cande?

Armando tenía razón. Julián y Cande entraron a la cama, pero las disculpas no llegaron. Por la mañana, Cande se levanto temprano para iniciar su labores domesticas. Los hombres y niños, hicieron lo mismo. Julián antro al jacal, las bestias estaban listas para ir al campo y los hombres también. Julián entro en el jacal, se sentó mientras Cande le servia su jarro de café negro. El tomo un bolillo de mesa y lo comenzó a remojar. Cuando termino de comerlo, Cande le pregunta: ¿Quieres algo más? El respondió con un frío: “no”. Su actitud era de la una victima y no la del victimario.

Todos se pusieron de pie, para iniciar la marcha, con rumbo a las labores, cuando Cande dijo: ¿Te vas nomás así? El se regreso y ella se le colgó del cuello, para darle un sencillo beso, al que le respondió con la misma actitud de un minuto anterior. Ella le dijo: “encima de que yo soy la victima, ¿ahora debo de rogarte también para que me mires? El hizo una mueca y la soltó. Ella se retiro con suavidad y Julián salio tras sus hermanos, que ya estaban montando las bestias. El sol aun no Salía, entre penumbras tomaron el camino a las milpas y se perdieron en ellas, mientras Cande los miraba alejarse. Amaba a su marido a pesar de todo.

Novela Tia Cande Cap.2

Capitulo II. La Agresión Crece.

Llego el momento de formalizar el noviazgo y luego se dio la petición de mano. Julián llego a casa de Cande, en compañía de su madre y la formalidad se cumplió, una tarde de invierno, cuando el calor de la región, se veía desplazado por el fresco de la sierra. Dos semanas antes de cumplir con las normas de casamiento, surgió una discusión en la que la violencia puso su segundo cimiento, entre la pareja. Julián no estaba de acuerdo en que los padres de ella se involucraran en los preparativos de la boda y refiriéndose a la madre de Cande dijo: “Tu madre esta loca”. Cande reacciono como era de esperarse y dijo: “Con mi madre no te metas” Julián había cruzado una línea más, entre en respeto y la agresividad. Cande no lo percibió así y con ello dejo que el ganara más terreno.

Días después, la boda se ejecuto con todas las de la ley. El viernes la pareja fue acompañada por familiares y amigos, para efectuar la boda civil. A la una de la tarde, la pareja llego a la casa de la novia, en donde ya habían matado un puerco y una res, para agasajar a los cónyuges. Por la tarde inicio el festejo, entre comensales y bailadores. Para la puesta del sol, el ambiente subía su euforia. La cena inicio sin que las parejas bailadores de detuvieran. Ya entrada la noche, la gente se comenzó a retirar, porque el sábado acompañarían a la pareja, hasta el oficio eclesiástico, en la parroquia del pueblo.

El sábado por la mañana, los hombres, parientes y amigos, acompañaron al novio, para que se presentara en la parroquia del pueblo y efectuar el enlace religioso. El novio llego hasta la parroquia, poco antes de las 11 de la mañana. Su llegada fue acompañada de aplausos, mientras se dirigía por el pasillo, hasta el altar en donde lo esperaba la novia y su padre. Una hora después, salieron los novios con rumbo al festejo, el cual había iniciado un día antes, con la boda civil.

Ya en la recepción, los novios fueron recibidos entre aplausos y sonido musical, que amenizo el convite, hasta el medio día del domingo. El sábado por la noche, la pareja se había retirado para encender el fuego de sus cuerpos. Por la mañana se levantaron, para unirse a los desmadrugados y desmañanados, que seguían con el festejo. Las sonrisas maliciosas no se hicieron esperar en el rostro de los asistentes, al ver salir a la pareja del recinto conyugal. Los novios se pusieron en medio de la reunión y los aplausos no se hicieron esperar. La fiesta terminaría con el almuerzo y la comida de medio día.

Dos días después, la pareja salio con rumbo a el municipio de Atoyac de Álvarez Guerrero. Ahí seria el lugar de residencia. Los primeros días, Julián amorosamente llegaba a su jacal, tomaba de la cintura a Cande, le besaba el cuello, hasta que la llevaba a la cama. Entre frases de amor y caricias encendidas, ella se le entregaba todos los días. A veces discutían, pero el le seguía llamando “mi cielo”. El paraíso que ellos habían construido, solo se veía empañado de ves en cuando, por algún insulto o pelea verbal. Se enojaban hasta por dos días, pero luego llegaba la reconciliación, lo cual según ellos, mejoraba la relación: “Porque un poco de sal, sazona mejor al caldo”.

Un año después del casamiento, llego el primer bebe. Cada año y medio se repitieron los alumbramientos. Con la llegada de Daniel, Julián dejo de referirse a Cande, como mi cielo y ahora se dirigía a ella, como mi mujer. Cuando una mujer pierde terreno en el lenguaje verbal de su marido, pierde también terreno en lo emocional y el respeto que este le merece a ella. Bien dijo el profeta chirolico: “Primero la barca de oro y después lavar cagada”.

Los siguientes cinco hijos, se sucedieron al ritmo del primero, así que cuando Armando y sus padres llegaron al municipio guerrerense, Julián y la tía Cande, ya tenían seis chamacos. Armando no conocía a su familia, pero eso no impidió que de inmediato se integrara a los juegos, con todos ellos.

En los primeros años de matrimonio, la tía Cande vio como el trato de su esposo fue cambiando hacia ella. En el noviazgo, cada ves que se dirigía a ella, le decía: “Mi cielo, mi vidita, corazoncito santo”, etc. A los dos años de matrimonio, Julián se refería a ella, como: “mi mujer”, pero después de ese tiempo, los conceptos y vocablos que utilizaba, para señalar o referirse a su mujer, cambiaron más aun. Ahora Julián le decía: “Mi vieja”, “oye vieja”, y hasta el tono era más áspero que el primero.

A los cinco años de matrimonio, la agresión volvió a subir de tono, en la casa de la tía Cande. Bien dice el refrán: “Jarrito nuevo ¿En dónde te pondré?, ¡jarrito viejo! ¿En dónde te arrumbare? Ahora era ¡la fastidiosa, la inútil, la loca!, etc. La vieja canción se podía escuchar aun en la radio de ese tiempo: “Marieta no seas coqueta, porque los hombres son muy malos, prometen muchos regalos y lo que dan son puros…..” Las promesas de amor que recibió la tía Cande, ahora se veía más lejos que cuando ella y Julián eran novios. Lo inesperado, era lo único real. Gritos, insultos, respuestas ásperas, malos modos y golpes, eran la dinámica del hogar, de esa mujer soñadora, que pensó que casándose las cosas en su vida mejorarían.

Julián ganaba poco en el comercio, por lo que lo combinada con actividades del campo, había tiempo para sembrar, pero entre cosecha y cosecha, había un compás de espera, en donde él podía practicar el comercio, la cría y venta de aves de corral, la venta ambulante de lencería o actividades semejantes. El problema en el hogar de esta pareja, no era la escasez de dinero, sino la escasez de romance y promesas cumplidas. La agresión, Cande la permitió desde el principio de su noviazgo y eso con el tiempo, enfrío la relación amorosa.

Un sábado por la noche, los niños estaban juntos, listos para cenar sus frijoles de jarro y su café negro, acompañados por un par de tortillas duras, cuando Armando entro al jacal. El tío llego y se sentó en medio de la familia, saludo al sobrino que recién había llegado y todos comenzaron a consumir, aquellos alimentos que la tía Cande calentara en el fogón. El mayor de los hijos se quejo, porque las tortillas, además de duras estaban frías. Armando se quedo mirando la escena, mientras el tío decía: “Caliéntale la tortilla al chamaco”. La tía Cande dijo. “Ya no hay brazas, ni leña” Julián la miro y dijo: “Pues aunque sea en el sobaco, pero caliéntasela” Uno de los más pequeños ser rió de buena gana, mientras todos quedaron en silencio.

Minutos después, Armando se retiraba hacia su jacal, mientras la familia de Cande se preparaba para ir a tomar el descanso nocturno. La tía Cande llego al lecho, en donde el tío Julián la esperaba. Los niños aun no se dormían. El hijo mayor, Daniel, estaba más cerca de la pareja, que los otros cinco. Entre las penumbras, él y su hermano menor, notaron movimientos extraños, en el lecho de sus padres. En voz baja el segundo hijo, Samuel, le pregunta al mayor: ¿Se están peleando papá y mamá? No, contesto el mayor, en voz baja: ¡están jugando como la otra vez! Los movimientos se volvieron un poco más rápidos, se escucho un pequeño murmullo, luego se escucharon otros extraños sonidos, para luego quedar todo en silencio. Daniel y Samuel se rieron despacito, luego quedaron en silencio, hacer si así podían escuchar algo más.

¿Qué paso? Pregunto el segundo hijo. ¡No se! Respondió en voz baja el mayor y agrego: ¡creo que es una forma de jugar entre los adultos! Es muy extraño ¿no lo crees? Dijo el segundo hijo. Así es, pero es cosa de adultos, lo entenderemos después, cuando ya seamos adultos también. El sueño los venció y se quedaron dormidos, hasta la mañana del día siguiente. El tío Julián se acomodo de nuevo, a la orilla del camastro en que dormía con la tía Cande, tratando de no hacer ruido. Ella le pregunto: ¿No nos oirían los niños? Julián dijo: ¡no creo ya están dormidos!

A las cinco de la mañana, la rutina volvió al hogar de la tía Cande. Todos se levantaron, unos para ir a la labor y los más pequeños para ir a la escuela que estaba en el centro del pueblo. La escuela primaria Juan Álvarez. Un edificio de varios pisos, que tenía un patio trasero, en donde los niños pasaban el recreo y tomaban el famoso desayuno escolar. El edificio esta frente a la plaza de armas. En dicha plaza, los niños se detenían para cortar tamarindos, por la clase de árboles que el municipio había sembrado ahí.

La tía Cande se dirigió a su rustica cocina, mientras que los hombres se encaminaron al pequeño corral trasero, en donde ensillaron dos bestias. Un burrito y una burra. Los ataron para poder hacer la faena. Pusieron costales sobre ellos, luego una rustica silla de montar y apretaron los cinchos, con lo cual aseguraban la estabilidad del que los montara. Los animalitos tomaron agua, del abrevadero y se prepararon para salir al campo.

La tía Cande, había preparado café de jarro, y en una mesa rustica, puso los elementos con que lo acompañarían. Unos jarros, un pequeño recipiente que la hacia de azucarera, un canasto en que estaba envuelto con una mantilla, los bolillos que tomarían los comensales. Ni frijoles, ni mantequilla, solo el pan con el café, era lo que aquellos campesinos acostumbraban a desayunar. El almuerzo luego lo enviaría Cande, a la milpa en la que ellos estarían trabajando.

Los hombres salieron con rumbo a las milpas, los niños salieron minutos después, con rumbo a la escuela del pueblo. Las mujeres comenzaron a juntar la ropa y el jabón, para bajar al río, en donde sobre una piedra, tallaban la ropa, cada vez que tenían que lavarla. El día transcurrió como de costumbre. Pero cerca de las dos de la tarde, la rutina cambio con la llegada de todos los niños, a quienes tenían que alimentar. Todos comían rápido y hacían su tarea, para luego, como a eso de las cinco de la tarde, poder jugar todos juntos, esperando la llegada de los mayores, que regresaban de la labor. Lo borricos resoplaban, al entrar al patio, cada uno de ellos, con una caga grande de leña sobre sus lomos. De ida llevaban a los hombres sobre ellos y de venida cargaban la leña.

Los niños corrieron para ayudar a bajar la carga que los borricos traían y llevar la leña a una cubierta en donde la guardaban, para que cuando lloviera no se mojara y se la pudieran utilizar, cuando calentaran el agua o tuvieran que cocinar. Luego jalaban a los semovientes para meterlos al pequeño corral en donde les daban agua y alimento, el cual constaba de un forraje algo barato y que ellos mismo cultivaban. Cumplida con esta tarea, todos los niños volvían al patio grande, para seguir jugando, hasta las nueve de la noche, en que debían de cenar y bañarse, para ir a dormir.

Los niños se acostaron temprano, el tío Julián quedo en la cocina, acompañado de la tía Cande, con la que empezó a discutir, por asuntos de dinero. Las voces subieron de tono y con ello las palabras e insultos. Los dos hijos mayores escucharon la discusión, pues aun no se dormían. Después de un rato, alcanzaron a escuchar el sonido de un par de bofetadas y luego los sollozos de la tía Cande. Luego oyeron que entro a la habitación, en donde los dos niños se hicieron los dormidos. Minutos después entro Julián y todo quedo en silencio. Cande nunca pensó, que el peor negocio que una mujer puede hacer, es casarse: “porque cuando era soltera no tenia dinero, ahora que estaba casada, menos”.

Al día siguiente la rutina se volvió a repetir, sin más cambios que los que notaron los dos niños, pues don Julia no le dirigía la palabra a la tía Cande y ella hacia los mismo con él. El sábado por la noche, mientras todos cenaban alrededor de la rustica mesa que tenían, el hermano de don Julián y papá de Armando, llego para saludar a la familia. Armando entro también y las platicas se cruzaron, de manera en que Julián y Cande se comenzaron a dirigir la palabra. Los niños se retiraron a dormir y los cuatro quedaron en la cocina.

Una hora después la tía Cande y Julián entraron a la habitación, los dos mayores se hicieron los dormidos. Los padres de ellos, comenzaron a realizar movimientos extraños, sobre el rustico camastro. Luego se escucharon pequeños sonidos de agitación. Minutos después, todo quedo en silencio. El pequeño Samuel le pregunto a su hermano Daniel, en voz baja: ¿Se volvieron a pelear? Daniel contesto: ¡No, creo que ahora estaban jugando de nuevo!, Samuel añadió, ¡bueno!, espero que ya no sigan enojados. Minutos después, el sueño había vencido a todos.
Por la mañana, siendo domingo, Cande se levanto muy alegre y sonriente, mientras que el tío se levanto muy pensativo. Ella estaba más amorosa que de costumbre. Daniel le pregunto a la mamá: ¿Qué festejamos que ahora estas muy contenta? Nada, respondió Cande, solo que hoy me siento feliz y comenzó a servir la mesa. Este día nadie iba a trabajar, parecía que todo seria paz y armonía, en la casa de Cande de las otras tías. Las voces de los primos se escucharon. Llamaban a los niños de Cande, para que salieran a jugar. Los seis niños, salieron corriendo, para unirse a sus primos, que comenzaban con el primer juego del día.

Después de la comida, las tres concuñas se reunieron en el jacal de la tía Cande, mientras los hombres bajaban al pueblo, para tomarse unas copas y los niños iban a la fosa del río, para bañarse y jugar, hasta cerca de las seis de la tarde. Las tres comenzaron a contarse sus penas, las tres eran maltratadas y a las tres las golpeaban sus esposos. Trataban de animarse y de encontrar una posible solución, pero en cuanto a los golpes, no les iba tan mal, había vecinas que las golpeaban más feo y no se quejaban.

La tía Marce, no era dejada, cuando su esposo, hermano de Julián, se atrevía a ponerle una mano encima, ella se defendía con dedos y uñas. Esa actitud le había servido, solo para que el esposo, pensara dos veces, en volver a tocarla. Pero cuando venia borracho, las cosas empeoraban. A Tomaza, le iba como a Cande. Era la más menudita de las tres y por ello se consideraba la más débil. Cuando su esposo le pegaba, ella no se defendía, ni tampoco respingaba, solo se hacia bolita en el rincón, en espera de que su marido detuviera su agresión.
Cada uno de ellas, hablaba de cómo le iba en la feria, así que la solución, no parecía estar al alcance de ellas. La tía Cande estaba cansada. Marce les dijo entonces: “Creo que nosotras tenemos algo de culpa, por esta situación en que vivimos”, “Si desde el principio, no les hubiéramos permitido que nos trataran así, hoy nos tendrían un poco más de respeto, del que nos tienen hoy”.

Dijo Tomaza: “Mi hermana dice que el mal trato y el divorcio, inician en el noviazgo y que si desde ahí no enderezamos el barco, entonces en el matrimonio, el remedio es más doloroso”. La tía Cande añadió: “Con razón dicen que es mejor prevenir que lamentar”. Marce se animo y dijo: “Muy bien muchachas, ha llegado la hora de ponerle un alto a esta situación”. Las tres se animaron, el asunto es que no dijo ninguna, cual seria el remedio para ese problema. Pero ya se había dado el primer paso en ello, tomar conciencia de la situación, para buscar una solución.

A las seis de la tarde, los hombres llegaron algo tomados, los niños regresaban del río, pidiendo de cenar, las tres mujeres se dirigieron a sus fogones y comenzó la tarea de otra semana más. No tardaría mucho, en que de nuevo se desatara la violencia familiar, provocada, comúnmente por los defensores del hogar y “jefes de casa”.